La
esperanza no es de futuro, sino de lo invisible. Por eso, al cabo de tres
décadas, prosigue el caminar del voluntariado social en la certeza
de que es más lo que nos aguarda que lo que ya hemos incorporado
a nuestra historia personal y colectiva. Se trata de una realidad aunque
no podamos verla todavía. Ya se nos irá revelando a medida
que respondamos a su llamada. Los voluntarios sociales nunca son enviados
sino que, en cada instante, actualizan su voluntad de servicio porque se
saben relacionados con la comunidad. Nunca aislados, sino en una soledad
poblada. Transformar alone (solo) en all one (integrado) nos hace sentir
mejor.
Muchas asociaciones humanitarias dirigieron sus generosos esfuerzos a remediar
necesidades vitales: campos de refugiados, multitudes hambrientas y víctimas
de las guerras. No sin causa, las ONG, como fenómeno sociológico,
se generalizaron en las décadas de los setenta y de los ochenta.
Más o menos como el consumo de la droga en dimensiones de fenómeno
transnacional y con algunas motivaciones parecidas de acoso por una realidad
absurda que amenaza con hundirnos: unos, se hunden en la evasión
y otros tratan de afirmar su denuncia con un gesto y con propuestas alternativas.
Hasta mayo del 68 había un elemento libertario, apasionado por la
justicia y de esperanza radiante: se podría cambiar el mundo mediante
la revolución. Después, vino el silencio ensordecedor de la
agresión consumista con la perversa música de fondo de los
pseudoprofetas neoliberales que, a piñón fijo, repetían
el mantra “El mercado es libertad, los ricos serán cada vez más
ricos y los pobres recibirán el reino de los cielos”. Los sucesivos
Informes del PNUD no han dejado de ratificar el cumplimiento del siniestro
augurio de Casandra desde 1991. Por desgracia, el de este año ya
registra la nefasta influencia de las grandes corporaciones que han prestado
su ayuda al Secretario General de la ONU para equilibrar su presupuesto
y, en lugar de denunciar las injusticias y proponer propuestas alternativas,
se compromete con el todavía discutido tema de los transgénicos,
para partir una lanza en su favor.
Nunca antes en la historia se fabricaron tantas armas y se exportaron a
los países miembros de los dos bloques y sobre todo a los pueblos
empobrecidos del Sur. España ocupa el puesto 11 en el ranking mundial
de esta siniestra actividad que le “produce” unos cincuenta mil millones
de pesetas. Después, trata de aliviar sus efectos letales mediante
discutibles “ayudas al desarrollo” apoyándose en ONG paragubernamentales
que actúan sobre los efectos sin cuestionar sus causas.
Se alimentaron conflictos militares y guerras en estos pueblos hasta 34
al mismo tiempo para dirimir las zonas de poder de los grandes de la economía.
Desde 1945, ninguna guerra tuvo lugar en los territorios de los países
industrializados, del Norte sociológico. El atentado terrorista del
11 de septiembre en el corazón de Manhatan no puede considerarse
una guerra aunque algunos se empeñen en utilizar ese término
en lugar de conflicto –porque el enemigo a abatir no es un país sino
un grupo bastante indeterminado - que ha de acometerse con otros instrumentos
y con otros medios que los de la guerra clásica. Se estima que, desde
el final de la II Guerra Mundial, han perecido en acciones militares una
media de tres mil personas diarias, la mayoría eran civiles. El holocausto
de las víctimas de las minas antipersonales, así como las
terribles consecuencias de las armas químicas, ensayadas en Vietnam
y en otros lugares de pacificación forzada, sobrepasan las pesadillas
más grandes mientras, en un mundo en paz oficial, más de 35
millones de personas visten uniformes militares y se arman con recursos
que podrían remediar las grandes carencias de los más desfavorecidos.
Con la caída del Muro de Berlín tuvimos derecho a esperar
que los dividendos de la paz se invirtieran en mejorar las condiciones de
vida de estas personas y pueblos víctimas de un modelo de desarrollo
perverso para llevar a cabo una auténtica justicia social que siempre
es más rentable que la guerra. No fue así: se ensancharon
las fronteras de la OTAN para dar lugar a una nueva forma de deuda externa
al equipar a esos nuevos miembros con los más sofisticados armamentos.
Se cambió el artículo 5º de su Carta para ampliar sus
responsabilidades y poder actuar en cualquier lugar del mundo como grupo
de choque para favorecer la implantación del imperialismo del Norte
sociológico. Ha regido el fundamentalismo del pensamiento único,
el dogma de la productividad, la rentabilidad, el máximo beneficio
para algunos individuos por encima de los valores personales y sociales:
las denominadas dos oleadas de derechos, los individuales y los sociales.
Margareth Thatcher había sentenciado “Ya no hay sociedad, sólo
individuos”.
El Estado nacional perdió atribuciones como instrumento de la sociedad
y la Nueva Economía se impuso por encima de la política, convirtiendo
al ser humano en consumidor, cuando no en objeto del mercado todopoderoso
e indiscutible. Era el imperio del pensamiento único que, si es único,
ya no es pensamiento; pero daba igual, se vendía seguridad en lugar
de justicia social y, en su nombre, se violaron leyes, se conculcaron principios
fundamentales y la Carta de las Naciones Unidas así como la Declaración
Universal de Derechos quedaron relegadas como se ha visto después
del 11 de septiembre con el protagonismo militar y policial anglonorteamericano.
Su paradigma es La Ley Antiterrorista, firmada por el presidente Bush, que
supone un regreso en el camino de la libertad, de la justicia y del auténtico
progreso que tiene como protagonista al ser humano y no a la empresa, la
banca o los poderes financieros o militares. De ahí a hablar del
“Choque de civilizaciones” teorizado a la ligera por el imaginativo Huntington
no había más que un paso. Y lo dieron, con los efectos espantosos
a los que asistimos cuando se escriben estas líneas.
Es bueno tener presente que, en 40 países del África subsahariana,
por cada 12 uniformes militares, hay una bata blanca de sanitario, que no
de médico. ¿No habrá llegado el momento de transformar
las fábricas de armas en arsenales de arados y de podaderas? No afectaría
al empleo, como no le afectó el final de la loca preparación
para una confrontación nuclear que nunca tuvo lugar. Es una cuestión
de mera supervivencia. Lo que no hagamos en justicia nos será arrebatado
por la fuerza o nos hundiremos todos en el caos. Hoy es posible imaginar
un escenario de destrucción de la humanidad y de los recursos del
planeta sin acudir a la ciencia-ficción.
Al cabo de unos años, algunos responsables de las ONG serias – hay
otras de aluvión y proselitistas o sectarias vinculadas a confesiones
religiosas o a partidos políticos -, comprendieron que la pobreza
es material pero la miseria es mental; una afecta al bolsillo la otra al
corazón. Se preguntaron por las causas de la injusticia, de la explotación
y de esa miseria. Comprendieron que había cuatro clases de pobres:
los que no tienen que comer, los que no tienen acceso a la educación,
los que no saben que son pobres y aquellos que ni siquiera saben que son
personas. Muchas ONG han optado por los dos pilares de un auténtico
desarrollo: la educación y la salud. Formación de los voluntarios
sociales en función de los servicios en los que desempeñan
sus tareas. Una formación integral va más allá de una
alfabetización o de unos conocimientos académicos y científicos,
aunque los comprenda.
Voluntariado social
El auge del voluntariado social es uno de los síntomas de una
transformación ante unos modelos de vida injustos. Los datos de
la ciencia, la experiencia de la peripecia de los pueblos, el creciente
diálogo intercultural están presentes gracias al desarrollo
de las comunicaciones que nos permiten ser testigos del ocaso de unos
modelos de desarrollo que, junto al mito del progreso ilimitado, han llegado
a un punto de saturación sin retorno porque ha alcanzado el techo
de su contradicción. Asumimos la globalización como un hecho
pero denunciamos la gestión de la misma por el ultraliberalismo
ciego y apostamos por propuestas alternativas. De una vez por todas, dejen
ya de insultarnos como antiglobalizadores cuando lo que buscamos es una
sociedad más justa, más libre y más solidaria. No
un totalitarismo mental ni etnocéntrico sino un mundo en el que
quepan muchos mundos.
Ignorarlo es no saber escrutar los signos de los tiempos, y silenciarlo
es convertirse en cómplices. Algo no va bien cuando la vida se
transforma en espera, muchas veces sin esperanza. Lo malo es cuando no
se actúa por temor a equivocarse o por creerse incapaz de hacer
algo por los demás. Durante mucho tiempo nos han presentado como
personas extraordinarias a aquellas que supieron ayudar a otros. Son seres
como nosotros que supieron descubrir la radical indigencia de toda criatura
y comprendieron que, en el reconocimiento de la propia debilidad, están
las raíces de la auténtica fortaleza. Un día caemos
en la cuenta de que nos agobiábamos por problemas que dejaban de
serlo ante las desgracias que se descubren cuando nos asomamos a los umbrales
de la marginación. Uno se pasma de haber pasado tantos años
junto al dolor y junto a la soledad de los que estaban ahí, "a
la vuelta de la esquina" y tendían sus manos hacia nosotros
con sus gritos de silencio y desamparo. No y mil veces no, hay que afirmar
que es posible la esperanza porque todo ser humano es único e irrepetible.
Para que, en el atardecer de nuestras vidas, no tengamos que lamentarnos
al contemplar lo que pudimos haber hecho con nuestras vidas al servicio
de los demás y del mundo que habitamos como “tierra que camina”.
La gota que se sabe océano tiene una actitud radicalmente distinta
a las de las gentes manipuladas por el consumismo, la inseguridad y el
miedo. No hay que calentarse la cabeza buscando ocasiones extraordinarias
para hacer cosas grandes que quizá nunca lleguen. Aquí y
ahora es preciso transformar el derecho de resistencia en deber de alzarnos
contra el tirano: persona, ideología, sistema o cualquier poder
que explote e ignore la grandeza del ser humano y de la tierra que habita.
Los voluntarios sociales no pretenden cambiar al mundo, ni sustituir unos
sistemas o modelos por otros. La revolución como las ideologías
se les han colado como agua en un cesto o como arena entre los dedos.
No quieren seguir arando en la mar ni se avienen a trazar surcos en el
cielo. Asumen su condición de rebeldes ante cualquier orden impuesto
por la fuerza ya que vulnera la justicia. Ante la violencia se rebelan
porque siempre es una violación de la dignidad.
Es preciso alzarse ante la explotación de unos pueblos por otros,
de unos seres por otros, de unas tradiciones culturales o concepciones
de la vida sobre otras. De unas religiones sobre otras, como si hubiera
una única tradición religiosa verdadera. Nadie es más
que nadie ni superior o inferior a nadie. No hay unos pueblos "desarrollados"
ni otros "en vías de desarrollo". Esto es una falacia
perversa. Existen unas sociedades industrializadas y otros pueblos que
se sostienen en otras concepciones de la vida con sus correspondientes
formas y expresiones. Es falso presentar el modelo de desarrollo de los
países industrializados como un paradigma imprescindible para la
maduración y expansión de otros pueblos. No todo crecimiento
económico es sinónimo de bienestar para la mayoría
de la población. Menos aún cuando este crecimiento se hace
a costa de las materias primas y de la mano de obra barata o forzada de
los pueblos empobrecidos del Sur. Si hay que llamar a las cosas por su
nombre, es preciso denunciar unos sistemas económicos transnacionales
y globalizados que ocasionan el empobrecimiento, la falta de salud y de
acceso a la cultura de tres quintas partes de la humanidad. A este precio,
no es justa, por inhumana, la transacción.
La solidaridad nace de una experiencia de soledad poblada y es la respuesta
que interpela a toda desigualdad injusta. No se puede pactar con la muerte.
Se vive. Y vivir es transformarnos al hacernos uno con todo lo que existe.
Entonces, ya no hay lucha ni agonía - no lucha -, se celebra la
fiesta de la vida en comunión con todos los demás seres.
Ya no es preciso optar por nadie ni alzarse contra nadie: las olas nos
encontrarán en la roca o en la arena de la playa. Con el poeta
Waldo Leyva hay que gritar "Cuando las aguas anunciaban el derrumbe
del muro, puso su hombro contra la piedra para cubrir la retirada”.
De ahí que muchos voluntarios solidarios de la primera hora sostengan
que son torpes los criterios de magnitud en las organizaciones, por la
cantidad en las cifras de la cooperación y por pretender valorar
una actividad por el número de sus proyectos, o de un "balance"
de resultados. La actitud de las organizaciones humanitarias define su
naturaleza. En estos momentos, en el seno de muchas ONG, se corre un serio
peligro de implicación en proyectos de desarrollo con criterios
propios de un modelo inhumano que ya ha superado los parámetros
de la injusticia. Cooperar en un sistema injusto es aumentar la injusticia.
Por muy buena intención que se tenga.
El orden económico propio del socialismo real o el del capitalismo
salvaje, que anima el neoliberalismo de pensamiento único, son
violaciones flagrantes de la dignidad humana. Por eso son recusables y
se impone la insumisión y la rebeldía de la comprensión,
de la solidaridad y de la entrega en una búsqueda consciente de
una sociedad nueva donde la paz sea tan natural como el aire para el vuelo.
Algunas asociaciones están creando un nuevo tipo de cooperante
ajeno al voluntario social y sin práctica alguna de la acción
solidaria.
Naturalmente, que ya han sido criticadas, comenta Acuña. ¿Por
qué se arrogan el derecho de saber que es lo bueno para el bien
público? ¿Quién elige a sus miembros? ¿Son
verdaderamente no gubernamentales con tantas subvenciones de los estados?
Algunos gobiernos se irritan. Tras su campaña contra los ensayos
nucleares en el Pacífico, Francia llegó a calificar a Green
Peace de asociación "sin fe ni ley". Ahora bien, las
ONG internacionales son ya más de 30.000 e incontables las locales,
según informa la revista "Fuentes" de la Unesco. Nacen
siempre de la combinación entre la necesidad y la solidaridad.
No tienen el poder de los gobiernos o el dinero de las multinacionales,
seguro que no, pero sí una patente fuerza moral, la fuerza de la
razón: hay que contar con ellas, se han vuelto imprescindibles.
Se multiplican ofertas de masters, graduaciones y hasta titulaciones para
hacer carrera en el mundo de la cooperación. Si ese es el destino
del voluntariado social, mejor es devolver al Estado la responsabilidad
de las relaciones económicas, culturales y sanitarias internacionales.
Mientras tanto, trabajaremos para conseguir una acción política
más justa y solidaria que haga innecesaria la actuación
de estos nuevos yuppies de la cooperación. La sociedad civil no
puede abdicar de su responsabilidad más auténtica sin arriesgarse
a perder su razón de ser.
Responsabilidad personal y social
Porque el ejercicio exclusivo del desarrollo integral de la persona y
de la sociedad no compete ni al Estado ni a los partidos políticos
ni a las diversas confesiones religiosas. Es el ser humano y sus opciones
libres quienes deben de ser los protagonistas de su desarrollo integral.
Siempre cabrá la cooperación pero nunca la imposición
que no respete la libertad, la conciencia, la justicia y el derecho fundamental
a buscar la felicidad, pues el ser humano ha nacido para ser feliz. Y
la felicidad no puede imponerse de forma alguna. Ser feliz es ser uno
mismo, querer lo que uno hace para poder hacer lo que uno quiera. Es el
teleios del Evangelio: sé tú mismo.
En otros lugares he escrito que solidario proviene de solidus, moneda
romana de oro, consolidada y no variable. La palabra solidaridad se refiere
a una realidad firme y fuerte conseguida mediante el ensamblaje de seres
diversos. También de la responsabilidad asumida in solidum con
otra persona o grupo. Las personas se unen porque tienen conciencia de
ser personas, seres abiertos a los demás porque son seres de encuentro
y no meros individuos aislados.
De ahí que la solidaridad vaya unida con la responsabilidad y ésta
depende de la sensibilidad para los valores. Estos no se imponen sino
que atraen y piden ser realizados. La solidaridad sólo es posible
entre personas que en su conciencia sienten la apelación de algo
que vale la pena y apuestan por ello. De ahí que la solidaridad
implique generosidad, desprendimiento, participación y fortaleza.
Hoy, cuando tanto se habla de la necesidad de "realizarse" y
de ser auténticos, es hermoso saber que authentikós es el
que tiene autoridad y ésta deriva de augere, promocionar. Es decir
que "tiene autoridad sobre alguien el que lo promociona o promueve",
por lo tanto, "auténtico es el que tiene las riendas de su
ser, posee iniciativa y no nos falla porque es coherente y nos enriquece
con su modo de ser estable y sincero". "Para poseer ese tipo
de soberanía, señala A. Quintás, el hombre tiene
que aceptarse a sí mismo con todo cuanto implica; acoger su vida
como un don; recibir y asumir como propias una existencia y unas condiciones
de vida que no ha elegido. Esta vida recibida hemos de aceptarla con todas
sus implicaciones: la necesidad de configurarla por nuestra cuenta, orientarla
hacia el ideal adecuado, crear vida de comunidad, realizar toda una serie
de valores que nos instan a darles vida... Si respondemos a esta llamada
de los valores nos hacemos responsables". Esto es vivir abierto generosamente
a los demás en su afán de vivir con plenitud. Para nosotros,
como personas del camino que hemos asumido el compromiso del voluntariado
social, éste va más allá de la justicia: significa
hacer propias las necesidades ajenas. Un voluntario social apuesta por
el ejercicio libre, organizado y no remunerado de la solidaridad ciudadana.
De ahí que su trabajo sea en sí mismo precioso.
Algo comienza a oler mal cuando decenas de miles de millones de pesetas
de los presupuestos del Estado tienen que ser manejados por organizaciones
que dependen de esas subvenciones para su subsistencia: carecen de voluntariado
y de servicios concretos a la comunidad que está a la vuelta de
la esquina. El mismo 0’7 dejaría de ser necesario cuando hubiese
una relación justa entre los pueblos. Al igual que desaparecería
la necesidad de la ayuda cuando se reconociese que la deuda externa de
los pueblos empobrecidos ya está pagada con creces, se obligase
a repatriar los capitales evadidos por las oligarquías nacionales
y se prohibiese la venta de armas. Como los problemas no son sólo
económicos sino existenciales y que afectan a la concepción
de la vida, no se pueden resolver únicamente con medidas económicas.
La libertad no está sólo en el mercado.
Algunas ONG originarias están a punto de convertirse en "agencias
paraestatales" que se distribuyen cuotas de poder. Ya pululan por
las oficinas de las ONG postulantes a pseudo funcionarios "cooperantes"
cada vez más en las redes del aparato oficial de turno. Al cooperante
en proyectos humanitarios lo legitima su pasión por la justicia,
y su profesionalidad le facilita su tarea. Pero es perversa la idea de
un cooperante movido tan sólo por motivos profesionales o por conseguir
un empleo – en eso que han dado en llamar impropiamente “yacimientos de
empleo” -, sino está motivado por la pasión por la justicia.
Si es necesario, habrá que empezar de nuevo. Estamos perdiendo
el fervor de la primera entrega.
Junto a auténticos cooperantes con una profesionalidad probada
y una entrega sin límites a la causa de la justicia y de la solidaridad,
existen en el mercado ofertas de “masters” para gestores de ONG que suponen
un gasto de millones de pesetas, subvencionados por el Estado. Hay profesores
y coordinadores de esos cursos que ganan más que un profesor de
universidad. Al igual que existen puestos de “coordinador de proyectos”
en países del Sur que perciben más de cuatrocientas mil
pesetas al mes que, en esos países, multiplican su poder de adquisición
y les lleva a un despliegue de “necesidades” de motorización “con
tracción a las cuatro ruedas” y otras, que desconciertan a los
“cooperados”. Así no puede haber sinergia, sino imposición
de modelos, de culturas o de concepciones de la vida que ahogan y reprimen
en lugar de contribuir a un alumbramiento de las posibilidades más
auténticas de los pueblos a los que pretenden ayudar. Como un día
me dijo Julius Nyerere en Dar Es Salam “Profesor, dígales que no
nos echen una mano, que nos basta con que nos quiten el pie de encima”
Las ONG corren el peligro de convertirse en salida laboral para un mercado
mal planteado. Lo más preocupante es que muchos candidatos a cooperantes,
deslumbrados por la fantasía, pretenden esos puestos armados con
un curriculum en el que, demasiadas veces, no aparece ni una experiencia
de servicio a la comunidad marginada aquí, a la vuelta de la esquina.
Dar la voz de alarma no es denunciar a nadie sino asumir la parte de responsabilidad
que a cada uno nos corresponde.
Independencia de las ONG
Las ONG independientes, no las "paragubernamentales" domesticadas
por los poderes públicos o por intereses privados, están
en el punto de mira de los poderes económicos y financieros.
Cuando los bancos se ocupan de los pobres y las transnacionales financian
programas de ONG, mediante escandalosas campañas publicitarias,
hay que echarse a temblar. Como sucede con campañas humanitarias
financiadas por productores de tabaco, de alcohol o de productos contaminantes
y cancerígenos. ¿Por qué en vez de colaborar con
las ONG no se dedican a mejorar las condiciones laborales de sus trabajadores,
la calidad de sus productos, la protección del medio ambiente y
pagan un justo precio por las materias primas que arrancan del expoliado
sur?
Las ONG no pueden ser el servicio posventa de las fábricas de armas,
para apagar los fuegos que provocan con sus criminales negocios. Unos
ponen las armas, otros ponen los muertos y pretenden que las ONG vayan
a poner tiritas y Betadine en las heridas causadas por las bombas, por
el hambre y por la desolación de un imperialismo atroz.
Las ONG no pueden convertirse en pantalla de relaciones públicas
con la que los gobiernos pretenden lavar su imagen financiando interesados
"proyectos de desarrollo" en países cuyas economías
esquilman con inversiones que los despojan de futuro. Que la justicia
presida sus transacciones comerciales, sus inversiones y la utilización
de su mano de obra en las sucursales que proliferan en los países
empobrecidos para aprovecharse de su falta de reglamentación social.
Se necesitan muchas más ONG que acudan como la sangre a los labios
de las heridas, para aliviar y cicatrizar. Pero deben estar financiadas
con recursos propios, aportados por sus asociados, pues si sobreviven
con la financiación oficial se prostituirán. La verdadera
libertad se apoya en la autonomía, en la solidaridad y en la capacidad
crítica para aportar propuestas imaginativas, y no en la beneficencia
ni en la enajenación de sí mismo.
Hay ONG que aceptaron financiaciones envenenadas de organismos internacionales.
Las auténticas ONG están en el tejido social y se miden
por sus servicios, no por su poder. Debe moverlas la pasión por
la justicia y por la grandeza de saberse responsables solidarios. Es imprescindible
organizar la resistencia para hacer realidad nuestra esperanza. Como escribió
lúcidamente Orwell “Si nadie nos tiene que mandar ¿a qué
esperamos?”
El voluntariado social no es una moda
Es preciso despertar un movimiento en favor de lo más hermoso
y noble que reside en el ser humano: su capacidad de justicia, de solidaridad
y de entrega. En nuestras manos está promover toda acción
positiva, estimular todo esfuerzo útil, toda conducta noble. Las
asociaciones humanitarias y las ONG que han asumido su responsabilidad
al servicio sobre todo de los más débiles, no pueden erigirse
en protagonistas de la acción social sino en cooperadores en esta
tarea que nos compete a todos. Ni cabe un Estado providencia con pretensiones
de regularlo todo ni es imaginable una sociedad utópica que camine
al margen de las instituciones públicas con grupos de presión
que trastornen el orden social querido por los ciudadanos.
Existen asociaciones que desarrollan proyectos sostenidos por voluntarios
sociales que quieren trabajar con los más necesitados: desde ancianos
hasta niños, desde enfermos terminales hasta reclusos, desde inmigrantes
hasta presos, desde drogadictos hasta enfermos de sida, desde los que
padecen algún tipo de discapacidad hasta los que la sociedad margina
en cualquiera de sus formas. Los mueve una solidaridad auténtica
que trabaja en busca de la justicia y de la concordia, con plena gratuidad,
sin buscar nada a cambio ni imponer ningún modelo de desarrollo
o concepción de vida alguna que pueda desarraigarlos de sus tradiciones
y de sus señas de identidad. Es la persona humana, en su comunidad
y en su ambiente, lo que los mueve a servirles en su desarrollo personal
y auténtico, integral y equilibrado.
Las asociaciones humanitarias no pueden ser "sucedáneos"
para paliar las injusticias. De ahí el riesgo de enviar cooperantes
en proyectos de desarrollo sin la debida formación.
Quizás las ONG deberían cambiar de nombre
Las ONG corren peligro porque se han puesto de moda. Sin embargo, necesitamos
muchas más asociaciones humanitarias: en los barrios, en las comunidades,
en las universidades, en el campo y en la ciudad, en el norte y en el
sur.
El tejido social precisa nuevos aportes imaginativos y audaces. Pero que
no pierdan sus señas de identidad porque padecerán los más
débiles. El voluntariado social, como fenómeno sociológico,
ya hemos señalado que se puede datar en el tiempo y no va más
allá de hace treinta años. Pero siempre ha habido personas
que se han ocupado de los demás, que han sido compasivas, generosas,
benefactoras y caritativas. No se podría entender la compasión
del Buda si hubiéramos tenido que esperar al Cristianismo. En muchas
tradiciones religiosas y en movimientos sociales ha habido alguna forma
de generosidad, de comunidad solidaria.
La preocupación por los demás, las cooperativas, las fraternidades
y las iniciativas sociales no han sido patrimonio exclusivo del cristianismo,
aunque en éste haya sobresalido de manera excelsa. Sin olvidar
que el soborno de un pretendido Edén o Cielo podría desvirtuar
ese altruismo.
En las ONG lo que debe caracterizar al voluntariado social es su pasión
por la justicia, sin esperar nada a cambio. La entrega de los voluntarios
no tiene por qué depender de convicciones religiosas. Aunque no
sobran los creyentes siempre que no abusen de su condición de servidores
de los pobres para inocular doctrinas. Tampoco el voluntario tiene que
ser un dechado de virtudes. Paradójicamente, las personas sencillas,
llenas de contradicciones y dudas son voluntarios de lujo porque así
es menos difícil para los marginados identificarse con ellos. Los
que se reconocen como nada pueden ser todo en el voluntariado. Comprendemos
que a las personas de orden les cueste entenderlo.
Cosa distinta es para los proyectos de cooperación en otros países:
ahí se requiere una capacitación profesional probada y una
personalidad integrada que no vaya a hacer experimentos de capacidad o
de virtud con los desheredados de la tierra.
Quizás las asociaciones humanitarias deberían abandonar
la denominación de ONG. Que se lo dejen a los amigos de los gobiernos,
de los clubes filantrópicos, de ciertas fundaciones bancarias con
fines éticos que parecen haber descubierto un filón en el
voluntariado y la cooperación al desarrollo.
Asombra el impudor de quienes se anuncian como ONG cuando durante tanto
tiempo formaron clubes elitistas o ávidos de captar socios, secuaces
o recursos.
No son esos los criterios del voluntariado social propio de las organizaciones
que no buscan ni el cielo ni el reconocimiento, sino la justicia y la
solidaridad.
Los poderes de turno en la universidad, en la economía y en la
política nos bombardean con teorías, con modelos y nos imponen
doctrinas que amenazan con ahogar la libertad de elegir, de ser y de compartir.
No nos permiten siquiera el derecho a equivocarnos. Hay gentes que pretenden
saber y conocer todo, para organizarlo todo. Afortunadamente, cada día
somos más los que apostamos por la solidaridad: por compartir la
suerte de los demás en la convicción de que, al final, debe
ser cierto que los hombres participamos en un proyecto común. Es
preciso salvar esta tierra sobre la que vivimos y con la que respiramos
en una aventura cósmica, como sugería el jefe Seattle.
Comunidad no es uniformidad, así como tampoco universalidad es
sincretismo, sino el diálogo creador dentro de un sano pluralismo.
La unidad en una proyección de futuro nos lleva a hacer nuestras
las necesidades ajenas y juntar esfuerzos para luchar por la humana condición
que exige la dignidad como garantía de una libertad auténtica.
No libertad para morirse de hambre. No se puede considerar a los demás
como adversarios ni como enemigos. Los otros son la expresión más
cierta de mi personalidad como hombre. Ser para los demás nos devuelve
el rostro originario y nos encamina hacia la identidad perdida. Así
sintonizaríamos con esos millones de personas que padecen hambre,
miseria, dolor, marginación y soledad. Porque estamos plenamente
convencidos de que es posible la esperanza en una sociedad más
justa y solidaria es por lo que nos hemos puesto en camino conscientes
de que en la tardanza está el peligro. Para poder decir a quienes
nos cuestionan o descalifican como Don Quijote dijera a su escudero: “No
te apures, Sancho amigo, yo sé quién soy”.
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