No a la discriminación
Entre las múltiples formas de marginación, la que se debe a motivos raciales es una de las más absurdas porque se trata de personas en la plenitud de facultades y que sólo una característica de la naturaleza da pie, a gentes sin escrúpulos y movidas por unos prejuicios sin fundamento alguno, a discriminarlos en base a una insostenible e inadmisible superioridad de unas razas sobre otras. El hecho indiscutible es que no existen razas superiores ni inferiores. Se trata de circunstancias étnicas, culturales y sociológicas que merecen todas el mismo respeto. El problema se plantea cuando unos pueblos más fuertes han invadido y sometido a otros para apoderarse de sus riquezas naturales o para explotarlos en todos los modos posibles. La historia da innumerables testimonios de estos atropellos que pretendieron justificarse con el absurdo argumento de la superioridad racial. También la historia recoge el dramático éxodo de personas que han emigrado a otros países en busca de un trabajo al no poder subsistir en los suyos de origen por circunstancias económicas o políticas. Los españoles hemos sabido mucho de todo esto a lo largo de los siglos y hemos agradecido la hospitalidad que tantas veces nos ofrecieron otros pueblos ayudando a salvar millares de vidas. Hoy es nuestro país el que recibe a naturales de otras latitudes que vienen buscando un puesto de trabajo y que se acogen a nuestra hospitalidad. Es justo que cada país organice su ordenamiento legal para regular esas inmigraciones y adptarlas a sus circunstancias sociales, económicas y políticas. Pero nunca podrán esgrimirse argumentos raciales para encubrir una discriminación y mucho menos , para vejar a hombres y a mujeres que tienen derecho al trabajo y a la vida. El caso de los inmigrantes latinoamericanos, africanos o procedentes
de los países del este europeo es de palpitante actualidad. Las
leyes españolas y nuestros compromisos con la comunidad europea
tienen una serie de exigencias que es necesario observar. Pero de ahí
a admitir discriminación en el trato por el color de la piel,
por la religión, por el sexo o por la situación económica
va el trecho de la barbarie a la civilización y al humanismo
que cimentaron y acuñaron nuestra historia. No se trata de limosnas ni de beneficencia sino de justicia social. Los países del llamado "norte" estamos obligados a prestar toda nuestra ayuda material, intelectual y moral a los hombres y mujeres de ese "sur" en el que padecen hambre más de dos mil millones de seres humanos y en el que , cada dos segundos, muere un niño de hambre. En el caso de los sudamericanos y de los norteafricanos no basta con que exijamos su regularización legal sino que es preciso cooperar con todas nuestras fuerzas para impedir su explotación y los tratos vejatorios. Una adecuada información en sus lugares de origen y una prudente previsión evitarían situaciones de verdadero abuso y marginación enmascaradas en una inadmisible cuestión racial. Además, las mafias que operan en este nuevo comercio de seres humanos son perfectamente conocidas y deben de ser perseguidas hasta su eliminación por todas las autoridades implicadas. No es de recibo el enviarse las responsabilidades unos a otros. No es un asunto que se va a solucionar con el establecimiento de los visados. Todos ellos lo saben muy bien. Las cosas han llegado demasiado lejos y es preciso arbitrar medidas,
no sólo legales sino humanitarias y solidarias para solucionar
los problemas de los que actualmente residen en nuestro país
y que no se pueden enmascarar en la construcción de unos albergues
que los confinaría en guetos y que sólo enmascararían
la verdadera realidad. |
José Carlos Gª Fajardo