Sentido común frente a la hipocresía
En España se ha producido un formidable debate por la sentencia de una juez de Navarra que ha reconocido el derecho de una persona que convive con la madre biológica de dos niñas gemelas a compartir la patria potestad al concederle el derecho de adopción compartida. Son dos mujeres que comparten los deberes de educación, de cariño y de ayuda a las dos niñas. Durante siglos, nos han elogiado el valor de madres viudas que han asumido los roles de padre y de madre con gran eficacia. O de padres viudos, aspecto que se tiende a pasar por alto. ¿No han desempeñado no pocas abuelas, tías solteras o viudas el papel de madres y de padres? Cada día es mayor el número de mujeres y de hombres que adoptan niños y los educan de manera ejemplar proporcionándoles el hogar del que carecían. No deja de aumentar el número de mujeres bien preparadas, independientes económica y socialmente, que deciden tener un hijo sin una relación de matrimonio. Si eran admirables las viudas con hijos, las abuelas y tías, los adoptantes de niños ajenos ¿por qué se insiste tanto en la necesidad imperiosa de que tienen que existir las dos figuras que representen los roles de padre y de madre? ¿Acaso la legislación actual no favorece los permisos laborales a los padres varones por causa de maternidad de su pareja? Excepto la natural procreación, los roles de padre y de madre son asumidos indistintamente. Y es de sobra reconocido que, en muchos casos, con más acierto que el de parejas heterosexuales que han hecho de su “casa” un infierno. A estos casi no se les exige nada para reproducirse, salvo su capacidad biológica compartida con los animales. Enormes han sido los obstáculos que se han puesto durante siglos para deshacer un matrimonio mientras que, para casarse, bastaba el mero consentimiento. Decían que era para salvaguardar los derechos de los hijos, aunque los sufrimientos morales y psicológicos de estos fueran un tormento con secuelas terribles. La familia tradicional está experimentando un cambio. Recordemos que la Iglesia católica condenó el parto sin dolor cuando se descubrió la anestesia en el siglo XIX. Igual que muchos creyentes ya no identifican sexo con reproducción, pues es inadmisible que parejas que no pueden o que no desean tener más hijos no puedan vivir su relación afectiva con plenitud erótica y sexual. La paternidad y maternidad responsables son un imperativo que no admite ideologías, respetables para quienes las profesan. Resulta intolerable que se erijan en dispensadores de doctrina y de anatemas quienes poco o nada saben de una vida sexual plena y responsable. Algo se tambalea en las estructuras del poder establecido, que no de otra cosa estamos hablando, cuando se niega la posibilidad de adoptar o de convivir o de construir un hogar en donde se acoge, se ama y se respeta a personas que la sociedad reconoce capaces socialmente en todos los demás ámbitos. ¿O cree alguien que todo se realiza en el salón de la casa? ¿Acaso lo hacían así nuestros padres? ¿Por qué se sigue sosteniendo que es imprescindible el papel de los dos sexos para una educación plena que lleve a una maduración cabal? ¿Qué ha ocurrido en los monasterios desde la Edad Media, en los conventos y en los seminarios, durante siglos y siglos, con centenares de miles de niños impúberes que abandonaban sus hogares y no tenían referentes femeninos salvo las imágenes de las santas, casi siempre mártires? ¿No eran hombres quienes los cuidaban, bañaban, vestían, acostaban y despertaban? ¿Acaso todos estos niños resultaron tarados? Se inclinaría uno a concederlo si atendemos a las incesantes denuncias que proliferan por todas partes. La Conferencia episcopal de EEUU acaba de reconocer 4.700 casos de sacerdotes acusados de pederastia. La archidiócesis de Boston ha entrado en bancarrota por las indemnizaciones legales y extrajudiciales a las víctimas de esos abusos. En España, salen a la luz abusos sexuales a niños por sacerdotes en las sacristías, en las casas parroquiales, en los campamentos y hasta en las peregrinaciones a santos lugares. Es impresionante el escándalo que se está produciendo por estas agresiones criminales y por el silencio de sus obispos que se empeñan en protegerlos. La estructura familiar clásica se conmueve y busca fórmulas de expresión acordes con nuestros tiempos. Pero no es menos cierto que se ha venido abajo el monopolio de la vida sexual y sentimental por parte de quienes se pretenden “eunucos por el reino de los cielos” sin experiencia ni autoridad para tratar del tema. A medida que se va descubriendo que, cada vez en más casos, el celibato no ha sido sino una tapadera para unas tendencias sexuales que estaríamos más que dispuestos a reconocerles y a respetarles en un ambiente general de respeto a los demás. Sobre todo a los más débiles e indefensos. En todos los casos de uniones familiares es preciso un discernimiento y unas ayudas basadas en la ética fundamental sin hipocresías de ningún género. |
José Carlos Gª Fajardo
Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 27/02/2004