Tres españoles protagonizarán la primera expedición con discapacitados
al Polo Sur. Los elegidos tendrán que soportar duras condiciones:
“Tendremos que tirar de un trineo durante diez horas diarias y
soportando vientos casi huracanados y temperaturas de 25 grados bajo
cero”, por lo que “estas personas tendrán que demostrar brío y
constancia”. Sostienen que esta iniciativa busca demostrar las
capacidades de este colectivo y recaudar fondos para organizaciones
dedicadas a la integración de las personas discapacitadas. Algunos
pensamos que no es este el mejor camino.
Los organizadores quieren un equipo de discapacitados que se conviertan
en embajadores de los retos que puede conseguir este colectivo, y que se
conviertan en los héroes que muchos jóvenes con alguna discapacidad
necesitan. Y aunque, en los últimos 15 años han llegado deportistas
discapacitados de forma individual al Polo Sur, los organizadores dicen
que ésta será la primera vez que se realiza una expedición en equipo. Y
siguen adelante con la promoción de su aventura: “Si resulta elegida una
persona ciega para integrar el equipo y la expedición alcanza su
objetivo, se convertiría en el primer ciego del mundo que llega al Polo
Sur”.
Hace años se decía “sea caritativo, siente un pobre a su mesa”. Ahora,
la consigna parece ser “sea solidario, hágase una foto con un
marginado”. Hay empresas en España que piden a las ONG que les permita a
sus ejecutivos ir “un día” a la cárcel, a hospitales, a un asilo o
“cualquier actividad de voluntariado”. Obviamente, para que figure en la
memoria anual. Obviamente, las más sensatas les recomiendan que vayan al
zoo de su ciudad.
No es la primera vez que aventureros que pretenden subvenciones para sus
fantasías se apoyen en personas discapacitadas con el equívoco mensaje
de que todos los seres humanos tenemos derecho a que nos financien la
escalada al Everest, a atravesar el Sahara o a ir al Polo Sur. Hace unos
años se gastaron miles de dólares para que un ciego pudiera “escalar” el
Mont Blanc apoyado en una infraestructura casi de tramoya que permitiera
hacer unos reportajes que se utilizaron como publicidad de las firmas
patrocinadoras. Creo que estamos abusando de esas personas y creando
falsas expectativas.
En los últimos tiempos, se ha despertado una especie de “caza al
marginado” para aprovecharnos de su gancho en los medios de comunicación
y promover la buena práctica empresarial de compañías de petróleos,
bancos, cementeras, automóviles, químicas, o en los desfiles de modelos.
Ayer mismo, en Barcelona, el modista Antonio Miró hizo desfilar a
inmigrantes senegaleses sin papeles, pero altos, jóvenes, fuertes y
guapos. Al fondo de la pasarela colocaron un “cayuco”, la frágil
embarcación en la que zarpan desde las costas africanas hasta las Islas
Canarias y unas cajas de mercancías con publicidad del patrocinador.
Según los asesores de imagen del modista “buscamos remover las
conciencias con inmigrantes en situación irregular”. Es increíble, ¡para
promocionar vestidos de 3.000 dólares! El modista dice, “hemos invitado
a un grupo de muchachos africanos para vestirles y arroparlos y de esta
manera poderles dar un poco de mí”. Causa rubor y vergüenza, indignación
y alarma. En su desfile predominaron los colores blanco y crudo, una
elección que el propio diseñador justificó al decir que eligió esos
tonos “porque son distintos del negro”. Por eso, no desentonaban los
inmigrantes senegaleses.
No todo el mundo estuvo de acuerdo con esta pretendida solidaridad. La
Asociación de Inmigrantes Senegaleses acusó al modista por exhibir a
esos senegaleses irregulares y calificó el acto de “desafortunado y
frívolo”.
La moda que trata de enviar un mensaje social suscita polémica: ¿es
legítimo que una marca comercial utilice la búsqueda de la conciencia
para conseguir un mayor impacto y vender más? ¿Sirve esa polémica a la
causa o a la empresa?
Las campañas de Benetton utilizaban potentes imágenes de presos,
conflictos raciales o motivos religiosos para vender jerséis de lana. Un
jurado italiano de autodisciplina publicitaria ordenó en 1992 el cese de
la difusión del anuncio de Benetton que representaba la agonía de un
enfermo de sida. El Comité Ciudadano Antisida calificó el anuncio de
“inmoral”. Calvin Klein fue protagonista de las críticas del presidente
de Bill Clinton, quien consideró “atroz” utilizar adolescentes posando
en posturas provocativas para anunciar sus tejanos. La campaña de este
diseñador mostraba a jóvenes de ambos sexos semidesnudos y trataba de
hablar del nihilismo juvenil de la generación grunge. Klein acabó
retirando la campaña por la lluvia de protestas. El diseñador David
Delfín vistió en 2002 a sus mujeres en la Pasarela Cibeles con capuchas
y envolvió en vendas sus piernas, brazos y manos. Algunas de las modelos
se tambalearon en la pasarela y el desfile finalizó con abucheos. Delfín
fue criticado por frivolizar con el maltrato a la mujer. La religión y
la moda se han visto las caras en más de una ocasión. En 2005 una
campaña de Marithé and François Girbaud se prohibió en Italia. El
anuncio reproducía La última cena de Da Vinci con mujeres y con un único
hombre semidesnudo. Se la juzgó como una intrusión gratuita en las
creencias de mucha gente.
Si la sociedad civil no se alza contra estas provocaciones con el abuso
de personas marginadas, inmigrantes, ancianos, mujeres, niños o enfermos
para sus pretendidas campañas de solidaridad es que la frivolidad ha
ocupado el puesto de la dignidad y de la conciencia.