Mentirosas razones de Estado

Desde que las sociedades se fueron constituyendo en Estados, ha sido preferible padecer una ley imperfecta que no disponer de ninguna. La anomia no sólo conduce al desastre y al caos, sino que es la antesala de la no promulgada ley de la jungla, o ley del más fuerte que padecen los débiles. La búsqueda de un bienestar general, de un bien común para el mayor número era garantía de una convivencia en paz, como fruto de la justicia.Así, los Griegos establecieron el orden en las poleis, ciudades-estado, intentando realizar en la tierra el orden, nomos, contemplado en el universo. A eso se le llamó conciencia, sentido común o derecho natural, según los tiempos.Los Romanos tuvieron por bárbaros a quienes no se regían por el derecho, a los extranjeros que todo lo hacían reposar en la voluntad del príncipe, caudillo o rey. Su inmenso prestigio se debió a su sabia y ordenada formulación del derecho.En la Edad Media, la voluntad del príncipe fue fuente de ley tan sólo atemperada por la intervención de la Iglesia y la progresiva influencia del derecho recuperado de los romanos y de las costumbres más serias del acervo de los pueblos conquistados.Con el nacimiento del Estado moderno, sobre todo después de Maquiavelo, de Bodino o de Hobbes, se impone la razón de Estado como suprema norma por encima de la voluntad de las gentes, de la letra de los tratados y aún de las mismas leyes de las Iglesias. "Allá van leyes do quieren reyes", decían sin rubor y justificaban el uso de la fuerza por el mero hecho de su necessità. "Pues la fuerza es justa cuando es necesaria", afirmaba Maquiavelo y aplaudían los príncipes y señores de la tierra, hasta los cardenales, como Mazzarino o Richelieu, y los mismísimos Papas de Roma. No era cuestión de justicia, de libertad o de derechos fundamentales como el de la vida, conciencia o expresión. Ni siquiera se permitió al pueblo escoger su religión. "Cuius regio eius religio", el pueblo seguirá la religión de su rey, como entre los germanos y demás pueblos bárbaros en plena civilización cristiana y aún en plena expansión de la libertad de pensamiento formulada por Lutero que fue implacable en someter a los príncipes las almas de sus súbditos. Será en plena edad Moderna cuando la razón de Estado se superponga a las demás razones, aún a la razón natural o al sentimiento general de la comunidad. No era pues el Estado moderno un Estado fruto de la razón sino donde imperaba la fuerza y los intereses del Estado bajo el nuevo concepto de la razón de Estado. En su nombre, y en el del progreso que luego llevaría al crecimiento económico bajo la cantinela del desarrollo (como si fuera universal e unívoco), se cometieron las mayores atrocidades, guerras, explotaciones y exterminios de unos pueblos por otros calificados no pocas veces como cruzadas. Véase la última registrada en el siglo XX y que fue la Guerra civil española bautizada como tal por el papa de Roma "por su lucha contra el ateísmo" de los rojos, de los librepensadores, de los masones y de los judíos en un totum revolutum, muy propio de las oligarquías que sostuvieron la tal cruzada y el posterior ensañamiento sobre los vencidos.Después de las guerras mundiales, que asolaron al mundo en el siglo XX, pareciera que la voluntad general de los estados del mundo, expresada en la Carta de las Naciones Unidas, hubiera puesto un freno a los desmanes de las guerras de conquista, de las guerras injustas, de las ilegales, las inmorales y de agresión para anexionar territorios o hacerse con las riquezas de un pueblo.Hemos visto que para nada se atuvieron a lo establecido en la Carta y que se valieron de sus derechos de veto para seguir imponiendo su voluntad los más poderosos en Corea, en Vietnam, en varios países de Latinoamérica y de África, en la misma antigua Yugoslavia y en Oriente Medio con las agresiones a Afganistán y ahora a Iraq. Las razones ya no son de derecho ni de legítima defensa sino que EEUU utiliza el perverso concepto de guerra preventiva e inventa toda suerte de mentiras ante los Parlamentos, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y la opinión pública mundial con el corifeo de las incalificables políticas de personajes como Blair y Aznar a quienes la historia juzgará por sus felonías. No debe de extrañarnos que en una nación tan grande por tantos conceptos, como la norteamericana, estemos asistiendo a esta toma del poder por un atajo de iluminados, y manifiestamente perversos como en su día ocurriera en la culta Alemania cuando cayera en manos de las hordas nazis o en la Italia plagada de hermosas páginas en la historia cuando el chusco Musolini se puso al frente para su desgracia, o la España tan rica en las artes y en la cultura, que también vio a la Iglesia cobijar bajo palio al general que hizo de esta tierra y de sus ciudadanos una inmensa sacristía cuartelera. Igual ocurriera en la gran Rusia bajo la tiranía exterminadora del comunismo soviético o en las repúblicas bananeras de Latinoamérica y del África recién independizada bajo la bota de títeres militares manipulados por las grandes compañías internacionales para que salvaguardaran sus intereses. No pocas veces bendecidos por los clérigos como en las infames dictaduras de Argentina, Chile, Guatemala, Nicaragua o El Salvador.Nada para asombrarnos aunque sí para escandalizarnos y denunciar y luchar contra tanta injusticia, destrucción y genocidios.

No sólo los de exterminio incesante llevados a cabo por los sionistas de extrema derecha que gobiernan el Estado de Israel y que reproducen con mimetismo atroz el holocausto que en su día padecieron millones de judíos que poco o nada tienen que ver con estos déspotas que hoy ejercen su tiranía sobre Israel.Lo que asombra es el uso de la mentira de Estado como sistema y su pretensión de que adquiera carta de naturaleza. Tanto las camarillas de Bush, como de Blair y del inefable Aznar aplauden a sus líderes en el empecinamiento de sus mentiras y falsificaciones para intentar justificar una guerra calificada por la opinión pública, al igual que por la ONU, como injusta, inmoral e ilegal.

Por lo tanto, las fuerzas de cualquier país que actúen en Iraq sin el preceptivo mandato del Consejo de Seguridad de la ONU serán responsables de crímenes de guerra ante un tribunal de justicia adecuado. Ocupan unas tierras contra derecho, bombardean edificios civiles, secuestran a ciudadanos, encarcelan, trasladan vendados y drogados a los prisioneros sin garantías judiciales y sin el menor respeto de los derechos humanos.No es lícito argumentar que "los dirigentes de Iraq eran perversos criminales", que lo eran, para invadir su país, ocuparlo y apoderase de sus riquezas como trampolín para otras operaciones que les faciliten el control de todo Oriente Medio.

Una vez más, el fin no justificará los medios por muy poderosos que estos sean ya que el fin era hacerse con las riquezas petrolíferas, como declaró Wolfowitz a la revista Vanity Fair, el 30 de mayo.

Nuestro silencio nos convierte en cómplices de un crimen que se extiende cada día y trata de involucrar a soldados de otros países porque no pueden resistir el gasto de ¡un millardo de dólares a la semana!, en espera de resarcirse con los beneficios del petróleo criminalmente codiciado.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 25/07/2003