La responsabilidad social de los ricos

Desde que el sabio Solón redactara, hace dos mil quinientos años, la Constitución de Atenas quedó establecido que las guerras son el resultado del enfrentamiento entre pobres y ricos. Dicho así resulta algo fuerte pero la historia es tenaz cuando se la analiza sin prejuicios, y sin olvidar que por riqueza ha de entenderse algo más que bienes materiales. Aquí fue donde fallaron las profecías de Carlos Marx al transformar su respetable método para el análisis de la realidad social en una metafísica fuera de todo control, pues se movía en el campo de un pensamiento mágico tan denostado por él y por sus seguidores. Presentaron una ortodoxia indiscutible ante la que sucumbieron millones de personas acusadas de heterodoxia por el espurio delito de pensar con libertad.

En los medios de comunicación de nuestros días, no pocas veces se pretende sentar cátedra sin pruebas contrastables hasta el punto de que para mucha gente lo que no está en los medios no existe. La creciente enajenación, sobre todo en los ámbitos del mundo virtual, ocupa el puesto de una nueva religión sin dios y sin otra ética que la de los beneficios económicos. Para el que los disfruta, claro. En esos ámbitos, se habla de la globalización gestionada por el pensamiento único neoliberal como de un axioma que no admite discusión. A pesar de adolecer de una flagrante petición de principio y de unos resultados del modelo de desarrollo impuesto como paradigma que claman al cielo por la injusticia de sus resultados. No puede ser bueno un modelo que produce hambre, guerras, marginación y agresión al medio ambiente en una progresión exponencial que sólo los ciegos se empeñan en ignorar.

Pero la injusticia social no se puede silenciar impunemente: la sociedad civil da muestras de un protagonismo que siempre debió tener pero que hasta ahora no podía expresar debido al control de los medios por parte de quienes detentan los poderes. Y lo hacen enarbolando mitos como si fueran verdades axiomáticas cuando tan sólo son medios que, utilizados al servicio de las minorías dominantes, se convierten en instrumentos de opresión ante los cuales no sólo es lícito rebelarse sino que la acción se hace deber insoslayable. Sobre todo cuando padecen los débiles, los desheredados, los marginados y expoliados de este mundo como si no fueran copropietarios de las riquezas de la tierra y de las conquistas del saber acumulado por las civilizaciones y culturas de todos los tiempos. Pero no lo sabían y ahora lo exigen con toda justicia, aunque todavía los etéreos derechos humanos no se hayan convertido en eficaces derechos sociales. En ese proceso nos encontramos mal que les pese a algunos, que no son más que una minoría pero que creen tener razón porque disponen de la fuerza.

Gracias a las conquistas de la técnica que nos permiten una globalización compartida, es posible dialogar sobre aspectos sociales que hasta hace poco quedaban circunscritos a áreas geográficas en las que las instituciones políticas parecían determinadas por los avatares de la historia. Esta es la gran ventaja de unos medios técnicos que no sólo expresan el poder, propio de la tecnocracia, sino el arte y la destreza propios de las creaciones humanas, la techné.

En la Unión Europea se estaba desarrollando un apasionante debate en el que se implicaban representantes de la universidad, de la cultura y las ciencias, así como políticos y publicistas que comprendían que si no convertíamos en derechos sociales los proclamados derechos humanos que ya forman parte de nuestra cultura, la frustración social se llevaría por delante cualquier pretendido marco de relaciones humanas.
En eso nos encontrábamos cuando se pisó a fondo el acelerador para la integración de una docena de nuevos países provenientes del área de influencia eslava y hasta musulmana. Finalmente, han quedado reducidos a diez pero con una indudable carga de presión atlántica que pareció anegar el proyecto de la Europa de los pueblos anhelado por tantas personas. Más allá de unos EE.UU. de Europa en forma de federación, confederación o anfictionía, sustituyendo los valores religiosos por los étnicos y económicos.

La crisis provocada por la pretensión hegemónica de la actual administración norteamericana ha sido grave y elocuente. Los diez candidatos a integrarse en la UE, que han firmado su adhesión en la Cumbre de Atenas, han corrido el peligro desestabilizador de echar el carro por delante de los bueyes. Es decir, de anteponer a las reglas de juego de las instituciones europeas sus intereses económicos y de seguridad, fascinados y trabajados por la presión norteamericana. Una vez más, se pisó el acelerador con la mirada puesta en el retrovisor. Los delirantes proyectos de los mentores del Plan para el Nuevo Proyecto Norteamericano, han agredido a la sociedad áraboislámica en el cuerpo social del pueblo iraquí. Pero se equivocaban quienes pensaban que las gentes iban a salir con palmas a vitorear a las tropas invasoras. Por el contrario, gritan: "¡Sadam, no; los invasores, tampoco!"

Una experiencia de la mayor trascendencia que tendrán en cuenta los responsables de la construcción de una Unión Europea imprescindible en el concierto de las naciones. Los previsores controles y equilibrios de poder, establecidos por la Constitución de EE.UU., y que tanto influyeron en el progreso de la noble nación norteamericana, tienen que expresarse en nuevas instituciones capaces de reemplazar los obsoletos andamiajes de la ONU.

No se trata de fascinarnos por el poder de las riquezas acumuladas por unos pocos y que corren el peligro de monopolizar el crecimiento económico de la humanidad, sino de reclamar y hacer eficaces los derechos de los auténticos titulares de esas riquezas: los seres humanos que ceden parte de sus derechos personales en aras de una justicia social más universal y solidaria. Solón no andaba desencaminado y en Atenas se han echado los cimientos de unas estructuras que entre todos tenemos que hacer más humana y rica en frutos de la justicia que produce la auténtica paz y no la victoria de los más fuertes.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 16/04/2003