Que nos traten como a las vacas

Gritan los pobres de la Tierra ante la avalancha de la globalización. Ésta consiste en la interdependencia de las economías de numerosos países, sobre todo del sector financiero, que ya controla la economía para que ésta decida las grandes líneas de la política internacional, y actúe con despotismo en las políticas nacionales de los países más desfavorecidos. Los poderosos no vacilan en denunciar, y aún de organizar, conspiraciones terroristas, armamentos de destrucción masiva, ingenios nucleares y bombas bacteriológicas y químicas que antes contribuyeron a fabricar, a cambio de materias primas y mano de obra explotada de forma inhumana.
Desde siempre, la apetencia de las riquezas de un país o de una zona del planeta, movió a las potencias del momento a inventar peligros y agresiones, imaginadas o promovidas por sus agentes, para escenificar guerras en nombre de la religión, de la civilización, de las pretendidas fronteras naturales, o de la siniestra doctrina del “espacio vital”. La historia de la humanidad viene marcada, no por los logros científicos, técnicos, sociales o artísticos, sino por las batallas, cambios de dinastías o conquistas de pueblos inermes ante la prepotencia de los agresores que ignoraron todo derecho, despreciaron las culturas y sometieron a los pueblos. Así se estudia la historia desde hace siglos.
Cuando creíamos que nada nos quedaba por ver, hemos asistido, -después de la todavía sospechosa y no aclarada, agresión terrorista del 11 de septiembre-, a la guerra de agresión y de conquista del pueblo iraquí, pues el estado de Iraq se reveló como una entelequia, en nombre de la llamada “guerra preventiva”.
La globalización es la característica fundamental de la etapa histórica inaugurada por la caída del muro de Berlín, en 1989, y por el desmembramiento de la URSS, en 1991. Y cuando con la desaparición de la amenaza soviética esperábamos que los ingentes recursos destinados a las organizaciones militares puestas en pie desde la década de los cincuenta, se destinaran a la construcción de una paz social justa y solidaria, asistimos al incremento astronómico de los gastos de armamento. Tan sólo en EEUU, el presupuesto militar se acerca peligrosamente a la cifra fatídica del 5% de su PIB, a casi 6.000 mi-llardos de dólares. Una cantidad que cubriría las necesidades básicas de todos los seres humanos: se erradicarían el hambre y las enfermedades endémicas, se daría educación básica a todas las poblaciones, se cuidarían las aguas como fuente de vida y al medio ambiente, y sobre todo, se podría garantizar la salud reproductiva de las mujeres en un planeta que, tan sólo en un siglo, ha multiplicado por seis una población desbocada en una loca carrera hacia la muerte: de 1,200 millones de personas, en 1914, se pasó a 6.000 millones, en 1991.
(La globalización no pretende conquistar los países, como durante las colonizaciones disfrazadas de evangelización, civilización y apertura a otras sociedades, sino hacerse con los mercados porque, según el financiero G. Soros, “éstos votan todos los días y son los que tiene el sentido del Estado, y no los políticos”).
De ahí el lógico temor ante las decisiones de los ministros de Comercio que se reúnen en Cancún. Si desprecian la oportunidad para reformar las injustas reglas del comercio que perjudican a los países más pobres del planeta, un fracaso en esa Cumbre nos conduciría a superadas posiciones proteccionistas contra las cuales se constituyó la OMC. Las ONG denuncian como inadmisible que los países más ricos graven con los más altos impuestos a los productos de los países más pobres cuyas economías de subsistencia se apoyan en el sector agropecuario.
Los países más ricos destinan cerca de 3.000 millones de dólares anuales en subsidios agrícolas, seis veces más que su ayuda para el desarrollo de los países más pobres a los que endosan sus excedentes de producción y arruinan sus tradicionales medios de vida. Tan sólo en EEUU, el gobierno emplea 3.000 millones de dólares al año en ayudas a sus productores de algodón, cuando podrían adquirirlo a un tercio de esa suma a los países que lo producen desde hace siglos y que no pueden competir con los productos subvencionados en el Norte.
La sociedad civil emergente se pregunta a través de las ONG si es justo que una vaca europea reciba 2,50 dólares diarios en subsidios mientras la mitad de la población de la Tierra sobrevive con menos de dos dólares. La privilegiada vaca japonesa, según el Banco Mundial, recibe 7,5 dólares.
De ahí que los pobres, después de haber expresado su deseo de “ser globalizados”, para participar en los beneficios del auténtico desarrollo, hoy se contentarían con ser tratados como las vacas, aunque no fueran las japonesas.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 12/09/2003