La sociedad anónima
En las grandes ciudades viven muchas personas en la calle: son los llamados "sin hogar". Existen muchas razones para explicar estas situaciones individuales: enfermedades mentales, problemas de "atención de la comunidad", familias rotas, adicción a drogas o al alcohol, dificultades de adaptación tras haber cumplido penas de prisión o emigrantes que se enfrentan a una sociedad que no se ocupa de ellos. Y junto a ello, sociedades con altos índices de desempleo y precariedad laboral. Las personas sin hogar son desarraigados socialmente y forman parte del contexto más amplio de la "exclusión social", que no puede ser reducida simplemente a la falta de vivienda. Muchos de estos hombres y mujeres han sido rechazados por las instituciones oficiales o dependen de ellas porque han sido sus huéspedes en la inclusa, en el orfanato, en las prisiones, en los comedores sociales... Aunque a veces tenemos la impresión de que algunos son agresivos y violentos -y motivos no les faltan- por lo general son personas que agradecen enormemente una visita o cualquier muestra de afecto. En muchos casos lo de menos es la ausencia de un techo o de una cama, el rigor de los fríos o la asfixia de los calores. La más triste de las carencias es la de no tener conciencia de su dignidad de personas, de sus derechos y de sus deberes. Lo aberrante es caer en la apatía y en el cinismo por no tener quien los quiera. En otras épocas los hemos llamado mendigos, indigentes, pordioseros, transeúntes... Son términos todos ellos que muestran matices despectivos o no responden a la realidad tan diversa que se quiere describir. Hoy se suele utilizar el término "Personas Sin Hogar", por lo que supone de carencia común de familia, de raíces, de amistades, de amores y de cualquier factor que suponga calor humano. Muchas instituciones, públicas y privadas, han tratado de buscar soluciones al problema. Existen albergues, comedores sociales, centros de salud, baños públicos, etc. que dirigen su acción social hacia los transeúntes. Pero las cifras y los hechos reflejan una insuficiencia en la atención. Todas las organizaciones que trabajan con los "sin hogar" insisten en que es muy difícil hablar de resultados en la reinserción social. Son muchos los obstáculos que dificultan realizar un trabajo sostenido y sistemático con los transeúntes. Entre ellos es muy frecuente encontrar enfermos mentales o disminuidos psíquicos que deberían estar internados en algún centro, seguir un tratamiento ambulatorio o vivir al amparo de sus familias. También es habitual el consumo de drogas y, especialmente, de alcohol. Las enfermedades, por la insalubridad del medio, dejan a menudo secuelas irreversibles y los accidentes son habituales. El segundo informe del Observatorio Europeo para los "sin techo" (1993) ofrece datos impresionantes: En la Unión Europea hay unos dos millones y medio de personas reconocidas así. Pero estos datos sólo incluyen a quienes no tienen vivienda o se acogieron a albergues públicos o privados. No incluye a los transeúntes desconocidos ni a otros que, debido a la inestabilidad de alojamiento, al paro obrero y a dolencias crónicas no atendidas por los organismos públicos, están abocados a esa condición de "sin techo". El Observatorio Europeo calcula que la cifra que debe manejarse para evaluar el número de personas sin hogar en la Unión Europea es de unos cinco millones de personas. Narra el profesor Hobsbawm que, incluso los países más desarrollados, tuvieron que acostumbrarse de nuevo a la visión cotidiana de mendigos en las calles, así como al espectáculo de las personas sin hogar refugiándose en los soportales al abrigo de cajas de cartón. "En una noche cualquiera de 1993, en la ciudad de Nueva York, veintitrés mil personas durmieron en la calle o en albergues públicos". En Inglaterra, cuatrocientas mil personas fueron calificadas oficialmente como "personas sin hogar" en 1989. Hay Organizaciones que se ocupan de estas personas, no sólo proporcionándoles albergue sino visitándolos y acompañándolos en su realidad. Porque si tarea fundamental del voluntariado social es cambiar las estructuras, hay que entender éstas como algo que penetra toda la realidad, no sólo las macroestructuras económicas, políticas y sociales, sino también las estructuras mentales, la manera de pensar que nace de una actitud radical ante la vida. Es grave el peligro de perdernos en discusiones sobre las estructuras olvidando que éstas no nos eximen de las responsabilidades personales. Recogemos las palabras de Monseñor Oscar Romero: "!Qué fácil es denunciar la injusticia estructural, la violencia institucionalizada, el pecado social! Y es cierto todo eso, pero ¿dónde están las fuentes del pecado social? En el corazón de cada hombre. La sociedad actual es como una especie de sociedad anónima en que nadie se quiere echar la culpa y todos somos responsables". De ahí la urgencia en el deber de transformar las estructuras de opresión y de injusticia en estructuras de solidaridad y de justicia. |
José Carlos Gª Fajardo
Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 11/04/2001