El desarrollo humano en los informes
del PNUD
El Informe 2000 se ha presentado en París y en San Francisco, así como en importantes capitales del mundo. Cuando mis alumnos de periodismo me preguntan por publicaciones fundamentales para mantenerse al día y poder realizar su trabajo con rigor, no dudo en citar estos Informes entre los diez documentos más importantes. Los años me han demostrado que, por desgracia, algunos de estos documentos (UNICEF, Amnistía, OMS, FAO etc.) son flores de un día que corren el riesgo de ocupar menos espacio que las ganancias y las cláusulas de rescisión de los futbolistas. No se puede argumentar que eso es lo que el público exige porque la experiencia demuestra, una y otra vez, que cuando se ofrecen temas de calidad, bien documentados y fruto de una convicción personal, las gentes escuchan con respeto. El Informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) se publica cada año, desde 1990. El PNUD encarga a un grupo de expertos independientes para que analicen cuestiones de interés mundial utilizando las fuentes oficiales más fiables y contrastadas. El Informe considera no sólo el ingreso per cápita como medición del progreso humano, que jamás debería confundirse con el crecimiento económico, sino que analiza factores como la esperanza media de vida, la alfabetización y el bienestar general porque el auténtico desarrollo humano es un proceso de ampliación de las opciones de las personas. El Informe 1999 se centró en los aspectos positivos y negativos de la mundialización y afirmaba que el aumento de las desigualdades no era inevitable. Se planteó el sistema para detener las fuerzas destructivas de la mundialización e incrementar el acceso a las nuevas tecnologías para la mayoría de los pueblos que hoy son víctimas del crecimiento económico de una minoría frente a las 4/5 partes de la humanidad. El desarrollo de unos pocos se hace a costa de arrollar la economía, la salud y la vida del 85% de la población. El de 1998 llamó poderosamente la atención porque demostró que es posible la erradicación del hambre en el mundo, la promoción de la mujer con el equilibrio automático de la demografía, la enseñanza básica para todos, el acceso a la sanidad con menos de la cuarta parte de lo que al año se gasta en Europa en cosméticos, helados, alimentos para perros, bebidas alcohólicas y cigarrillos. En 1997, abordó la eliminación de la pobreza porque "los pobres no tienen por que sufrirla en silencio". En 1996, denunció la falacia de confundir crecimiento económico con desarrollo. Había una cuestión de calidad que definía la dimensión humana del mismo. En el de 1995, se abordó el capítulo fundamental del género con la llamada a luchar contra la discriminación de la mujer en cualquier campo. Ya había aportado, en 1994, un nuevo concepto de la seguridad humana que echaba por tierra planteamientos basados en la fuerza de las armas o de los territorios para reconocer la importancia de los derechos sociales. En el de 1993, hizo una llamada a la participación popular para descentralizar la política y la economía mediante el desarrollo del tejido social y, en concreto, resaltó la importancia de las asociaciones no gubernamentales que recibieron un espaldarazo formidable. Fue, en 1992, cuando planteó con toda su crudeza el fenómeno imparable de la globalización y denunció que el 20% más rico de la población tenía unos ingresos 150 veces superiores a los del 20% más pobre. Y así llegamos al Informe de 1991 en que estudió la financiación del desarrollo humano que había definido como un nuevo concepto en el primero de 1990. Cada año, se clasifica a 174 países según su nivel de desarrollo humano. Y, cada año, se reproduce la escalofriante constatación de que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Sin demagogia alguna, sino con datos que provienen de las agencias internacionales más prestigiosas. Hay que recordar que las mentes más preclaras del mundo nos alertan sin cesar contra la bomba social que puede explotar en cualquier momento. Los Informes recuerdan que las tres personas más ricas del mundo poseen activos que superan el PNB de todos los países menos desarrollados con sus 600 millones de habitantes. Desde los medios de comunicación social tenemos la obligación ética e histórica de llamar a las cosas por su nombre y recuperar la identidad perdida. Por eso, es imprescindible difundir el Informe 2000, estudiarlo y divulgarlo para que el anunciado mapa del genoma encuentre todavía seres humanos en los que aplicar sus hallazgos. |
José Carlos Gª Fajardo
Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 02/07/2000