Ni una gota de sangre más en Irak

 

Bagdad ya no es la capital de Las mil y una noches que, durante tres siglos, presidiera una nueva cultura donde florecieron las artes y las ciencias en un imperio como jamás había contemplado el mundo mediterráneo desde los griegos.
Los mongoles mataron al último califa de Bagdad en 1258. Pasó Gengis Khan, arrasaron la agricultura, y el imperio otomano sometió a "La tierra entre ríos" que había dado origen a la civilización sumeria; escenario de civilizaciones urbanas como las de Akkad, Babilonia, Asiria y Caldea.
Gobernada por turcos, mongoles, tártaros o kurdos, no alcanzó su unidad hasta el siglo XVI. (El Gran Saladino, que conquistó Jerusalén y derrotó a los cruzados, era kurdo). Durante la Primera Guerra Mundial, los iraquíes se rebelaron contra el Imperio turco pero fueron traicionados por Francia e Inglaterra que, por el tratado secreto Syles-Picot, de 1916, se dividieron los territorios árabes. A Faisal, hijo del jerife Hussein de la Meca, le arrebataron Siria y lo hicieron rey de Irak, bajo influencia británica. La monarquía sería derribada por el golpe militar de 1958.
Todo marchaba de acuerdo con los intereses prooccidentales de la Irak Petroleum Company hasta que, en 1968, el partido socialista Baas ("resurgimiento") conquista el poder. Nacionalizaron las empresas extranjeras y Bagdad defendió la utilización del petróleo como arma contra el imperialismo y el sionismo. En 1979, Saddam Hussein accede a la presidencia, denuncia los acuerdos de Camp David y ve a su país envuelto en una guerra con sus vecinos iraníes que duraría ocho años. Para contento de los intereses foráneos y de Israel, que aprovechó, sin estar en guerra, para bombardear la central nuclear civil de Tamur, construida con ayuda de Francia. Nadie pidió cuentas a Israel.
Saudíes y kuwaitíes financiaron el armamento de Irak para contener al régimen de Irán. Mientras, se beneficiaban de la venta de petróleo sin competencia. No podemos olvidar que Kuwait extraía petróleo de pozos en litigio que históricamente pertenecieron a Irak.
Conocemos la invasión de Kuwait, la guerra de 32 países dirigidos por EEUU y el bloqueo hasta la rendición incondicional. En la guerra murieron más de 200.000 personas, en su mayoría civiles.
EEUU alentó la revuelta de los kurdos en el norte y de los chiítas en el sur para que derrocaran a Saddam Hussein. Un millón de kurdos buscaron refugio en Irán y en Turquía para escapar del ejército iraquí. El gobierno de Bagdad fue acusado de utilizar armas químicas contra la población del Kurdistán a la que, en 1970, habían dotado de autonomía interna y oficializado el uso del idioma kurdo. En 1992, la ONU destruyó armas químicas e instalaciones de enriquecimiento de uranio que se llevaban a cabo con ayuda alemana.
Precisemos conceptos: con dinero saudí y kuwaití, se pagaron toneladas de armas americanas para el ejército de Irak cuando lo necesitaron para contener a los ayatollahs; con ayuda francesa, se desarrolló su capacidad nuclear civil y con ayuda alemana, el enriquecimiento de uranio. Cuando Irak ya no fue necesario para los intereses occidentales y firmó la paz con Irán se le indujo a una nueva catástrofe con Kuwait. Es hora ya de denunciar tan oscuras políticas sin por ello tener que aprobar la política del gobierno de Bagdad.
Ni se pueden utilizar dos raseros ni manipular los medios de comunicación. Mantener un embargo por imposición de EEUU y de Gran Bretaña, en contra de la opinión del propio Consejo de Seguridad de la ONU, es una injusticia.
En los embargos no padecen los políticos ni los ejércitos ni la policía. Padecen los civiles más débiles: niños, enfermos, ancianos y los pobres.
Por efectos del bloqueo todavía vigente, un informe de la ONU reveló, en 1997, que el número de muertos por hambre o por falta de medicamentos superaba el millón de personas, de los cuales más de medio millón eran niños.
Las asociaciones humanitarias no pueden permitir esa situación inhumana. Deben analizar la realidad, denunciar las injusticias y aportar propuestas alternativas para acabar con esa barbarie de un embargo que dura más de diez años.
Clinton y Tony Blair, en contra de la opinión del secretario general de la ONU, Kofi Annan, y de Francia, China y Rusia, bombardearon a civiles y a militares iraquíes en la llamada "operación zorro del desierto" en diciembre de 1998.
Es un error de alcances inconmensurables violar la soberanía de los estados y masacrar a sus poblaciones en ejecución de una política imperialista y expansionista que sólo debería encontrar solución en la mesa de negociaciones. Ya hay demasiada sangre inocente derramada. Ni una gota más. Pero, sobre todo, que se restablezca el imperio de la justicia y el del derecho internacional por encima de la prepotencia de intereses incompatibles con un mundo global, responsable y solidario.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 4/05/2001