Los cien días de Clinton y la paz entre árabes e israelíes

A Bill Clinton le restan cien días de mandato hasta las elecciones del 7 de noviembre. En el sentido de poder tomar decisiones que no precisen del respaldo del Congreso o del Senado que, en materia presupuestaria, no podrían hacerse efectivas. De ahí, el peligro de sus presiones para dejar una mejor imagen que compense la desastrosa por el asunto Lewinsky, que aflorará a la hora de las condensaciones históricas.
También influye el respaldo a su esposa para representar en el Senado a la ciudad con más población judía del mundo, Nueva York. Y al senador judío, Joseph Lieberman, como candidato a la vicepresidencia con Al Gore. El voto judío puede ser tan determinante como el de los negros o el de los hispanos, con la diferencia de que aquél tiene un poder económico y político enorme.
Es conocida la enorme presión que Bill Clinton está ejerciendo en los dirigentes árabes por todos los medios, diplomáticos, militares y financieros, para que fuercen a Arafat y a la OLP a aceptar la oferta del Primer ministro israelí en las fracasadas conversaciones de Camp David. Allí se abordaron los grandes temas tabú que se insinuaron en Oslo, en 1993: las fronteras de los dos Estados, el estatuto de Jerusalén y el derecho de los palestinos a regresar a las tierras de las que habían sido expulsados. Esos tabúes parecen debilitarse como sucedió en Evián, en 1962, con los que Francia había creado al intentar absorber a Argelia como un departamento francés.
El FLN argelino era para Francia lo que la OLP es para Israel. Hasta hace siete años, la legislación israelí prohibía todo contacto con "los terroristas" de la OLP. Como si, en los orígenes del Estado de Israel, no hubieran sido capitales las acciones de los grupos terroristas judíos del Irgún y del Stern. Con la proclamación, en 1948, del Estado de Israel sus dirigentes se convirtieron en héroes y durante décadas ocuparon importantes carteras ministeriales.
Esa presión sobre los dirigentes árabes recuerda a la que, en agosto de 1990, el presidente George Bush realizó para persuadir a los responsables árabes del Medio Oriente a comprometerse en la cruzada contra el Irak de Sadam. Entonces, con éxito por la intransigencia de éste y por el miedo que inspiraba a Arabia Saudita después de la invasión de Kuwait.
Recordemos que, antes de Camp David, el Hezbollah libanés había alcanzado una victoria militar y diplomática sobre Israel al obligarlo a evacuar el sur del Líbano en cumplimiento de una resolución de la ONU de hacía dieciocho años. Allí comprendieron que su enorme supremacía militar no les garantizaba la seguridad que podrían alcanzar mediante acuerdos sensatos. Como les pedían la mayoría de los grupos judíos más influyentes de la diáspora que están cansados de tanta prepotencia apoyada en la multimillonaria ayuda que les envían directamente o por su influencia en los Gobiernos de EEUU y de Alemania. Confundir a Israel con el Judaísmo puede resultar de graves consecuencias. Los colonos judíos instalados en tierras palestinas y los miembros de los partidos más exaltados de Israel han abusado de la paciencia de los judíos del mundo entero. En los presupuestos de los EEUU, figura una partida de dos mil quinientos millones de dólares de ayuda a Israel, cada año, que ha servido para armarles y someter a otros pueblos. Sin contar la inmensa ayuda que reciben por otras vías y que bastaría para erradicar el hambre en todo el Oriente Medio si se llevase a cabo una política inteligente de cooperación con otros países de la zona y extender su prosperidad, y por la tanto la seguridad, a millones de judíos y árabes.
Confiando en que los dirigentes árabes sabrán resistir a semejantes presiones, entre ellas las de España y otros países vinculados a EEUU, es preciso ayudar a Israel a que se desembarace de los demonios que le obsesionan para que pueda asumir que la seguridad no depende de las armas sino del entendimiento con los demás pueblos.
Es posible alcanzar un acuerdo equitativo sobre Jerusalén como capital abierta de las tres religiones y de los dos Estados. O arbitrar un estatuto especial internacional. Nadie puede pretender la partición de Jerusalén, como sucedió de 1949 a 1967. Pero tampoco es admisible acceder a la fantasía sionista de "una capital eterna del Estado judío". El derecho internacional no puede sancionar una conquista militar como la de 1967, con la anexión de la parte oriental de la ciudad, que la resolución 478 de la ONU declaró "sin validez jurídica".
Los palestinos quieren recuperar la parte árabe en sus límites de1949, lo que denominan Al-Qods, porque el mundo musulmán jamás admitiría que renunciaran a ella.
Asimismo, es preciso encontrar una solución equitativa para los cuatro millones de palestinos que han sido despojados de sus tierras y reducidos a la condición de "desplazados", desde hace medio siglo.
Al igual que no se puede retrasar la liberación de los prisioneros palestinos ni la paz entre Israel y Siria con la evacuación del Golán. Quizá, de este modo, se concluirá con el inhumano embargo que padece el pueblo de Irak como víctima propiciatoria de una política esquizofrénica. De ahí, la necesidad de ayudar al pueblo de Israel a asumir la realidad con honor y proyecto de futuro.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 18/08/2000