Días de cristales rotos
El
escritor judío, Primo Levi, escribió Los hundidos y
los salvados, en 1986, un año antes de su suicidio, desesperanzado
de la condición humana que fue capaz de perpetrar los exterminios
en campos como Auschwitz. Se preguntaba si lo sucedido allí podría
repetirse, “si volverían a darse exterminios en masa, unilaterales,
sistemáticos, mecanizados, provocados por un Gobierno, perpetrados
entre poblaciones inocentes e inermes, y legitimados por la doctrina del
desprecio”. Primo Levi había padecido hasta el límite, pero alertó ante una tragedia semejante ocurrida en Camboya, en 1975, y previó que los factores que habían conducido a las matanzas alemanas podrían reproducirse. Si Primo Levi hubiera sobrevivido, jamás hubiera comprendido a unos homicidas del género humano en su pueblo judío, que lleva a cabo una operación de exterminio similar a la que representa Auschwitz, aunque no se utilicen los terribles lager. El Gobierno del estado de Israel dispone de esos medios y está dominado por “la doctrina del desprecio”: a sus ojos, la vida de los palestinos no merece respeto y los tratan como si pertenecieran a una raza inferior, que no existe en ningún lugar de la Tierra. Para el gobierno de Israel, como todos son terroristas, les han arrebatado los derechos humanos más elementales, el derecho a su tierra, a su cultura, a su educación, al trabajo y a todo lo que conlleva el derecho a vivir con dignidad. Por eso los persiguen, los hostigan, los expolian, los asesinan “selectivamente”, hasta que se vean forzados al exilio para sobrevivir. Se reproduce la historia en su caricatura más perversa. El pueblo judío padeció el destierro y el exilio en numerosas ocasiones, la última desde la destrucción de Jerusalén por Tito en el año 70. Sus rabinos los convencieron de que ese castigo obedecía a su resistencia, por duros de cerviz, a los planes del Dios que los había elegido, segregándolos como a pueblo elegido, el pueblo de Dios. Así caminaron, sometidos, bajo el peso de una culpa inventada y que se acrecentó con el falso cargo de pueblo deicida, culpable de la crucifixión de Jesús de Nazareth. ¡Como si un pueblo pudiera ser responsable de crimen alguno, máxime cuando los seguidores del rabino de Nazareth eran judíos o prosélitos en su inmensa mayoría! Destierro, culpa, exilio, sumisión, hasta que surge la oportunidad de la venganza transfiriendo toda su frustración contra otro pueblo en sus bajas horas culturales. Y ahí se transmuta el perseguido en perseguidor, la víctima en verdugo, el oprimido en opresor. Pero nunca será un pueblo, ni una raza, ni una nación, sino una minoría que ha alcanzado el poder político con ayuda de otros congéneres cuya oscura conciencia de culpa se manipula. El pueblo judío no es culpable, ni responsable de crimen alguno. El planteamiento sionista de Teodoro Herzl es perverso y truca los datos para conseguir una reparación mediante la venganza, utilizando la fuerza del dinero, el control de los medios y de los lobbies como si les perteneciera por derecho propio la antigua “Tierra prometida” (que dicen que se la prometieron a ellos, por eso creen con derecho a arrebatarla mediante la fuerza, el asesinato y el exterminio a los palestinos). Ese es el sentido de la política de Sharon para reducir a escombros sus ciudades, destrozar sus instituciones, reventar sus carreteras, cortar los suministros de agua y electricidad. Pero un gobierno enloquecido en una limpieza étnica sólo se detendrá si EEUU, la UE y los países libres de la ONU presionan hasta obligarlos a desistir de su criminal política. Bastaría con la suspensión de la descomunal ayuda de EEUU para convencer a los ciudadanos israelíes de la inviabilidad de su proyecto. Pero EEUU ha optado por el unilateralismo en política exterior apremiado por el poderoso lobby judío. A pesar de que prestigiosos analistas en The New York Times, The Washington Post y hasta el diario israelí, Haretz, alzan la voz de alarma. Son espantosos los datos de la última encuesta entre los ciudadanos israelíes con los que se pronuncia por el “asesinato de Arafat”, (un líder que, con todos sus defectos, ha sido elegido por su pueblo), por “el destierro y el exilio” del mayor número de ciudadanos palestinos que dificulten el plan sionista de Sharon de exterminar, expulsar, ahogar económicamente a todo un pueblo mediante un muro de ignominia en tierras palestinas, la poda de cerca de 100. 000 árboles, la destrucción de miles de kilómetros de cañerías de agua y la demolición de millares de casas como “medida preventiva”. Esta actitud del Gobierno de Sharon es criminal e inhumana como lo fueron las humillaciones, incendios, noches de cristales rotos, y estrellas amarillas que los nazis infligieron a los judíos antes de llevarlos a los campos de exterminio. La opinión pública mundial y las instituciones supranacionales tienen que tener presente que sin palizas, incendios y cristales rotos, nunca hubiera existido Auschwitz y los demás campos de exterminio que llevaron a proferir el grito de “¡Nunca más!” a todo un pueblo, ante el silencio vergonzoso de quienes, con su cobarde actitud, se convirtieron en cómplices de un crimen contra la humanidad. |
José Carlos Gª Fajardo
Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el dd/mm/aaaa