¿A quién benefician
los crímenes terroristas?
¿Qui
prodest? ¿A quién beneficia el crimen? Se preguntan
los inspectores en las novelas de serie negra. Ante el crimen perpetrado
contra tres ciudadanos norteamericanos en la franja de Gaza no podemos
quedarnos en las apariencias. La única beneficiada, por doloroso
que sea utilizar este término, es el ala más extremista
del Gobierno del Estado de Israel. Ariel Sharon ya se apresuró
a recordar que “la suerte de EEUU y la de Israel van unidas en su lucha
contra el terrorismo desde los atentados del 11 de septiembre” y a reafirmarse
en su decisión de proseguir la construcción del muro levantado
en territorio palestino y a no desmantelar ni uno sólo de los asentamientos
de colonos ultra ortodoxos en estas tierras invadidas. Más aún,
amenazó con que si prosiguen los atentados terroristas “no habrá
un Estado palestino independiente”, como si eso dependiese de su voluntad
y no de un imperativo histórico anterior en el derecho al de la
proclamación unilateral del Estado de Israel. Las condiciones que
exige para sentarse a hablar con la Autoridad legítima palestina
equivalen a un diktat, es decir, a un ultimátum si no se entregan
de pies y manos con todo su armamento “que será entregado a EEUU
para su destrucción”. ¿Y el armamento mil veces superior
del Ejército israelí y de sus fuerzas de seguridad? Da por
hecho que los israelíes son los únicos dueños de
esos territorios que ninguna instancia internacional ha reconocido. El
escarnio llega a la exasperación ante el veto que, por quinta vez
desde 2001, ha ejercido Washington contra resoluciones del Consejo de
Seguridad contra el Gobierno israelí. Dos en menos de un mes. El silencio clamoroso de las potencias democráticas occidentales es similar al que se produjo en Munich ante las pretensiones de Hitler. La política del gobierno de Israel es de conquista, de ocupación y de exterminio contra un pueblo que llevaba siglos viviendo en unas tierras que les pertenecían. Los atentados del 11 de septiembre ya no son un misterio terrorista tan grande como quisieron hacernos creer para poner en marcha una política salvaje que ya estaba trazada por mentes que sólo tiene como objetivo establecer el imperialismo de EEUU en todo el mundo. Necesitaron un pretexto que conmoviera a la opinión pública y lo tuvieron. Como tuvieron su Pearl Harbour ante la impasibilidad del presidente Roosevelt a pesar de tener más que razonables indicios de que iba a producirse un ataque de los japoneses. Ya nadie se cree que los servicios secretos norteamericanos no pudieran detectar lo que se estaba preparando. Hay pruebas suficientes de que algunas personas sí sabían lo que iba a producirse, y tomaron medidas para sacar el mayor partido posible de la conmoción que iba a producirse. El ataque a Afganistán y la injusta guerra preventiva contra Iraq no son más que eslabones de una cadena de ocupación y conquista que favorece los intereses de EEUU y los del Estado de Israel en su expansión sionista. Es una locura porque ya nadie sostiene que el gobierno de EEUU controle al de Israel, sino que son elementos de un poderoso lobby judío aliado con la derecha más extremista del fundamentalismo cristiano calvinista. Lo mismo hicieron los nazis, los soviéticos, los maoístas de la Revolución cultural y todos los regímenes totalitarios cuando se vieron desesperados en su huida hacia delante. El gobierno de Israel está atizando una guerra de conquista de todo Oriente Medio a costa de las sociedades árabes y musulmanas que desde hace más de mil años viven en esas tierras. Sólo a unos locos suicidas podrían habérsele ocurrido los atentados contra las Torres gemelas, el Capitolio y el Pentágono. Alguien encontró a esos locos, ocultó sus tramas y facilitó sus planes. Que los ejecutores hayan sido mercenarios árabes, y no afganos ni talibanes, no demuestra más que la profundidad de la trama. Que hayan actuado criminales palestinos en el atentado de Gaza contra escoltas de autoridades norteamericanas –no contra el enviado especial John Wolf que oportunamente estaba de vacaciones-, no niega que alguien está moviendo los hilos siniestros que han conducido a la gran nación norteamericana a una guerra sin salida. Trescientos millones de árabes y mil doscientos millones de musulmanes no pueden ser acusados de terrorismo, de barbarie y de tanto crimen premeditado. Pero pueden verse conducidos a una espiral de violencia sin límites cuando ya no exista remedio para tanta locura. Las autoridades de EEUU y de Israel se están convirtiendo en cómplices responsables de un crimen contra la humanidad porque ya no respetan fronteras, ni tratados ni leyes. Han llegado al límite del caos y de la locura que podría volver a transformar los ámbitos del terror en oleadas de exterminio, como sucedió en el siglo pasado a pesar de haberse juramentado la humanidad entera con el grito de ”Nunca más”. Bretch se preguntó donde estaban los cristianos y otros pueblos durante el exterminio de los judíos. Algún día nos preguntaremos dónde estaban el Gran Pueblo judío durante las matanzas de los palestinos. |
José Carlos Gª Fajardo
Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 17/10/2003