Las ONG deberían cambiar
de nombre
Un
antiguo adagio decía promoveatur ut removeatur. Ensalcémoslo
para sacarlo de en medio. Así solía hacer Roma con ciertos
obispos, les concedían un capelo y los removía. Las ONG corren parecido peligro porque se han puesto de moda. Sin embargo, necesitamos muchas más asociaciones humanitarias: en los barrios, en las comunidades, en las universidades, en el campo y en la ciudad, en el norte y en el sur. El tejido social precisa nuevos aportes imaginativos y audaces. Pero que no pierdan sus señas de identidad porque padecerán los más débiles. El voluntariado social, como fenómeno sociológico, se puede datar en el tiempo y no va más allá de hace treinta años. Pero siempre ha habido personas que se han ocupado de los demás, que han sido compasivas, generosas, benefactoras y caritativas. No se podría entender la compasión del Buda si hubiéramos tenido que esperar al Cristianismo. En muchas tradiciones religiosas y en movimientos sociales ha habido alguna forma de generosidad, de comunidad solidaria. La preocupación por los demás, las cooperativas, las fraternidades y las iniciativas sociales no han sido patrimonio exclusivo del cristianismo, aunque en éste haya sobresalido de manera excelsa. Sin olvidar que el soborno de un pretendido Cielo podría desvirtuar ese altruismo. Pero en las ONG lo que debe caracterizar al voluntariado social es su pasión por la justicia, sin esperar nada a cambio. La entrega de los voluntarios no tiene por qué depender de convicciones religiosas. Aunque no sobran. Tampoco el voluntario tiene que ser un dechado de virtudes. Paradójicamente, las personas sencillas, llenas de contradicciones y dudas son voluntarios de lujo porque así es menos difícil para los marginados identificarse con ellos. Los que se reconocen como nada pueden ser todo en el voluntariado. Comprendemos que a las personas de orden les cueste entenderlo. Quizás las asociaciones humanitarias deban abandonar la denominación de ONG (Organización No Gubernamental). Que se lo dejen a los amigos de los gobiernos, de los clubes filantrópicos, de ciertas fundaciones bancarias con fines éticos que parecen haber descubierto un filón en el voluntariado y la cooperación al desarrollo. Asombra el impudor de quienes se anuncian como ONG cuando durante tanto tiempo formaron clubes elitistas. No son esos los criterios del voluntariado social propio de las organizaciones que no buscan ni el cielo ni el reconocimiento, sino la justicia y la solidaridad. |
José Carlos Gª Fajardo
Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 16/03/2001