La mejor ayuda a quienes sostienen nuestro desarrollo
Por televisión y en la
prensa europea nos inundan con imágenes de paraísos idílicos
en las islas del Caribe, en amplias regiones de África y de Asia:
playas vírgenes, cocoteros que se inclinan al paso del turista,
piscinas y vergeles en urbanizaciones de ensueño en donde hermosas
mujeres, ligeras de ropa y amplia sonrisa, te sirven bebidas multicolores
y musculosos camareros y jardineros parecen estar allí para prestar
toda clase de servicios. Estas imágenes con desbordantes mesas
con toda clase de exquisiteces gastronómicas que superan la imaginación
de cualquier ciudadano medio, sobre músicas envolventes y en
papel cuché del más alto gramaje, acaban por anular nuestra
capacidad de discernimiento para preguntarnos: ¿Pero es esa la
realidad social de Santo Domingo, Cancún, Jamaica, Islas Vírgenes,
Cuba, Marruecos, Túnez, Egipto y los litorales del África
del Indico? Ya no digamos del ambiente provocador y excitante de lugares
de Oriente ante los que palidece la imagen del mítico Edén
¿Por qué vienen a centenares de miles inmigrantes clandestinos
arriesgando sus vidas? Ellos mismos, malviviendo en Europa, también
se lo preguntan cuando extienden sus mantas sobre las aceras enfrente
de las agencias de viajes. Millones de turistas se embarcan en esos paquetes que los trasladan de hotel en hotel y de excursión a playas prohibidas a los nativos, de cenas y de fiestas en las que todo está ya pagado en origen y apenas si dejan unas monedas en artesanías de alcance o en cutres propinas. Fomentar el turismo es una oportunidad válida para el desarrollo de esos países, como lo fue para la España de los años setenta y todavía constituye nuestra mayor fuente de ingresos. Como ya sucede en Marruecos, en Túnez, Egipto, Grecia, Turquía y en otros países que fomentan las exportaciones de sus naturales porque las remesas de los ahorros de estos casi superan a las del turismo. La mejor ayuda que se podría ofrecer a esos países ricos en tradiciones, en bellezas naturales, artísticas o monumentales es integrarlos en el desarrollo de esas riquezas de una manera equilibrada y justa que respete el medio ambiente y que favorezca a los habitantes de esas regiones. Es posible adaptar la formación profesional y técnica a los naturales de esos países para que participen activamente en el proceso sin quedar limitados a la función de sirvientes que padecen una esquizofrenia entre ese modo de vida, en el que luchan por ganarse la vida, y el de sus familias y ambientes sociales. Las instituciones de la Unión Europea y las propias de cada Estado que la componen, deberían desarrollar esta capacitación laboral, de formación profesional y de aptitudes para los servicios en el desarrollo de esos formidables activos nacionales. Las ayudas en educación, en sanidad, en protección y puesta en valor del medio ambiente, en la salubridad de sus fuentes y de sus servicios sanitarios, en la mejora de su agricultura, en la comercialización de sus productos y de sus artesanías son más importantes que los grandes préstamos de los que raramente se beneficia la población porque los emponzoña la codicia de tantos intermediarios, políticos y militares corruptos, que sangran y desesperan hasta la locura a los jóvenes mejor formados y capacitados que tienen que optar por una emigración clandestina, peligrosa y en manos de mafias que podrían ser fácilmente erradicadas por las policías de esos países. Sabemos que gobiernos de varios países del Este de Europa fomentan y financian la emigración clandestina de los ciudadanos con una mejor formación para que disminuyan las cifras del paro. Los responsables de los gobiernos del Norte tienen que decidir cuántos inmigrantes necesitamos y con qué preferencias. Así, establecer sólidos acuerdos con los gobiernos de los países de origen y comenzar por reconocer que en la UE necesitamos a esos inmigrantes para sobrevivir. Por supuesto, después de haber informado a la ciudadanía de que ningún país de Europa podría mantener su desarrollo, su nivel de vida y de despilfarro si no lo sostuviera ese 70% de materias primas que importamos de los países empobrecidos del Sur. Las sangrías de emigraciones clandestinas desaparecerían si se respetasen las reglas de un mercado justo, equilibrado y solidario. |
José Carlos Gª Fajardo
Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 1/06/2005