Espacios de encuentro

La IV Conferencia Euromediterránea, celebrada en Marsella, no alcanzó sus objetivos de crear un espacio de colaboración debido al conflicto israelo-palestino y a la pertinaz miopía europea. Los países del sur han abierto sus fronteras a los productos industriales de la UE mientras que ésta no acepta sus productos agrícolas. Europa envía 1.000 millones de euros al año a los países mediterráneos del sur, mientras que el déficit comercial de éstos produce un flujo anual hacia Europa de 34.000 millones. El presupuesto de la ayuda europea hasta el año 2006 es de 5.350 millones mientras que, sólo para los Balcanes, se prevé una partida de 4.000 millones. Se les ha ido de las manos la política de colaboración euromediterránea iniciada en Barcelona en 1995. Allí acordaron: crear una zona de estabilidad basada en el respeto a los derechos humanos; establecer una zona de libre cambio y estimular sociedades civiles para favorecer el entendimiento mutuo. No se logrará la liberalización si no se aceptan los productos agrícolas en los que el sur es competitivo. Una auténtica política migratoria exige un codesarrollo económico adecuado a la realidad, no sólo avances democráticos en esos países; de lo contrario, la UE caerá en el trágico remedo de EEUU con su patio trasero en Latinoamérica que sólo produce hambre y desestabilización.
"El mundo del Norte, viejo, rico, pequeño y blanco ha alcanzado el máximo poder, pero se ha agotado, y el Sur joven, pobre, grande y de colores no conoce fronteras y ocupará el puesto que le corresponde", dice el escritor y eurodiputado Sami Naïr.
En el norte se concentra la riqueza mientras se destruyen las sociedades tradicionales del sur y aumenta la movilidad de sus poblaciones. El 75% de las inversiones se hacen en el norte y sólo el 8% en Africa adonde se exportan criterios de consumo occidentales.
Las diversas comunidades tienen derecho a defender su propia identidad aceptando las de los demás. Se acabó el concepto de conquista para civilizar a otros, o para imponer un monoculturalismo que provoca desarraigo, alienación y desesperación.
Sami Naïr sostiene que "los flujos migratorios que van a transformar el mundo no se pueden admitir en forma desordenada. La solidaridad con los inmigrantes es hacerles comprender que entran en una comunidad a la que deberán adaptarse, respetándola y aportando sus inmensos caudales culturales". De ahí que sean precisas políticas contractuales con los países de donde proceden, fomentar los contratos temporales e integrar a los que ya están aquí a través de la escuela y de la participación ciudadana.
Sami Naïr propone que nos preparemos para esa transformación mediante la educación de los pueblos implicados y no confiar absurdamente en el mercado. Los inmigrantes no son una mercancía, sin alma, sin deseos, sin cultura. Buscan un mejor mañana y juntos hemos de construir un futuro humano y habitable. "Hay que pagar un tributo a las desigualdades del mundo porque lo que cuenta no es lo étnico sino la participación en un proyecto común".

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 27/11/2000