Volver a casa y comer cerezas

Tres menores de 14 años asesinaron hace unos días en Londres a Damiola Taylor, niño nigeriano de 10 años, cuando regresaba del colegio. Su madre había advertido a los profesores del acoso verbal que estaba sufriendo Damiola. Murió desangrado cerca del portal de su casa en el problemático barrio de Peckham.
Cuenta el periodista Manuel Leguineche en Los ángeles perdidos que "el infierno de ser niño, no sólo se da en el Tercer Mundo, sino en las sociedades desarrolladas donde millones de niños sufren de falta de afecto debido a la incomprensión de los padres". El psicólogo Erik Erikson, en Infancia y sociedad, apunta que el niño necesita amor y ternura porque crean en él un sentido de confianza básica de seguridad en su propia competencia y de confianza en los demás. El poeta Tennyson decía que ser niño significa esperarlo todo, jugar, soñar, vivir, un dulce paréntesis entre el nacimiento y el período de las responsabilidades, compartir el sentido de lo maravilloso, ser curioso, desear ser amado y comprendido, ser abierto.
En la Carta de los derechos del Niño figuran estas palabras de Bertrand Russell: si los niños tuvieran seguridad frente a la pobreza, seguridad en los afectos y seguridad en la educación, el mundo podría transformarse milagrosamente, "porque el niño muestra al hombre como la mañana al día" como con profunda intuición nos cuenta el ciego Milton en El paraíso perdido. En nuestra sociedad, según el psiquiatra Rojas Marcos, las mujeres y los niños tienen más probabilidades de ser víctimas de la violencia en casa que fuera de ella, las agresiones en el hogar son tan frecuentes como secretas. Y hablando de la violencia de los jóvenes que llena las páginas de nuestros diarios y los programas de radio y de televisión afirma el reconocido psiquiatra que esa violencia sin sentido surge del hastío, de la necesidad de llenar un vacío con experiencias intensas aunque sean atroces.
El pueblo de los niños, con dos mil millones de seres en el planeta, es el más numeroso del mundo y el más indefenso. Toda la atención que podamos prestarles será siempre poca, pero es una de las que más satisfacciones proporciona.
Y los niños que sufren están aquí, a nuestro lado, en nuestras ciudades y, hasta es posible que en la misma casa donde vivimos: niños maltratados física y moralmente, niños abandonados, centenares de niños que pasan sus primeros tres años de vida en las cárceles con sus madres presas, niños con enfermedades incurables, o con dolencias que disminuyen sus capacidades si no son atendidos desde la más temprana edad, niños con Sida, con el síndrome de Down, con espina bífida, con dolencias cardíacas y otras muchas más que nos parecerían inimaginables si no nos molestamos en asomarnos a las organizaciones que los atienden y que precisan de manos para atenderlos, para cuidarlos, para abrazarlos, de personas alegres para distraerlos, de personas pacientes para educarlos, para ayudarlos en sus múltiples necesidades. Y ahí están los niños con discapacidades físicas, o disminuidos psíquicos que precisan de toda la atención posible. Al igual que sus familias que, tantas veces, no tienen con quien dejarlos mientras se lanzan a buscar trabajo... y, en muchas ocasiones, qué trabajos.
Pero nuestro pensamiento, más que hacia Damilola, el niño que había llegado de Nigeria tan sólo hacía unos meses, se dirige hacia sus agresores, niños como él, pero con la carga difícil de superar de haber dado muerte a su imagen hecha añicos. Cuando se mata la esperanza, el mundo se tambalea.
"¿Qué es la libertad?", le preguntaron a una niña separada de sus padres. Y ella respondió: "Volver a casa y comer cerezas".

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 01/12/2000