Propuestas para el siglo XXI
"No, lo siento, ahora no
tengo la mercancía que usted necesita", le respondía
por teléfono a un cliente el responsable de una agencia de mercado
de trabajo, en presencia de Ricardo Petrella. "¡Se refería
a una persona!", exclamaba el eminente profesor, presidente del
Grupo de Lisboa y miembro del Club de Roma. ¿Cómo expresar lo inefable? ¿Cómo reproducir el carisma profético de Edgar Morin, ese intelectual multidisciplinar, rebelde y que se salta las reglas escolásticas, padeciendo el desdén de algunos colegas, porque se atreve a llamar a las cosas por su nombre, a plantear preguntas que enmudecen y a pasar la palabra siempre viva y fecunda que busca conciliar la cultura humanística con la científica, a partir de los paradigmas de la complejidad? Porque "no sabemos lo que pasa, eso es lo que pasa" repetía con Ortega. Se lanzó contra esa "economía ciega y mercantilizada incapaz de entender el sufrimiento, las emociones y los deseos de los hombres". "Aunque sea, predicaré en el desierto para que permanezca la palabra, como los profetas", decía con una inmensa sonrisa. Habló de la conciencia del destino solidario, de la patria común, más amplia, abierta a las otras; de la transformación tecnológica que ha puesto al hombre al servicio de las máquinas y de la transformación biológica que influye en la mente pero que hoy hace posible que se inviertan los procesos dando lugar a una humanidad inimaginable. La intervención de Riccardo Petrella fue magistral, pedagógica, organizada, sencilla y transida de emoción. El aplauso fue como en las grandes celebraciones artísticas. Como ese silencio que se produce al final de un aria, para estallar en un estruendo. Presentó seis desafíos a partir del "nuevo discurso que se nos quiere imponer como inevitable: la nueva economía". La globalización del capital, la liberalización del mercado, la desreglamentación para tener las manos vacías y la privatización de las empresas rentables. La patente de corso en la que todo vale para mantener el sacrosanto poder del mercado. Denunció el avasallamiento de la tecnología por los intereses del capital, así como la primacía de éste como parámetro para definir los valores. Lo que no consta en ninguna Constitución de ningún país se consagró en Maastrich poniendo al Banco Central por encima de los poderes políticos. Pero, prosiguió, se puede participar en el sistema a condición de cumplir una de estas tres condiciones: si eres accionista, un recurso humano o un consumidor rentable. Otra cuestión es precisamente la reducción de la persona a "recurso" que, por lo tanto, puede ser explotado para obtener la mayor rentabilidad. Lo que no produce, desde la óptica económica, no sirve, se margina. Es la banalización de la política al servicio de la economía. Las empresas gobiernan y los gobiernos gestionan. Se ha llegado a la despersonalización convirtiéndonos en mercancías, en valores mercantiles, en medios para alcanzar fines financieros. Contó que un Banco suizo ha puesto en marcha unos fondos de inversión sobre el agua, el "oro azul", asegurando una rentabilidad extraordinaria porque pronto dejará de ser un bien común al ser privatizada. El éxito del lanzamiento ha sido total. Frente a este caos que, como decía Nietzsche "a veces es preciso sentirlo dentro de sí para poder dar a luz una estrella fugaz", Petrella propone aumentar la disidencia, rebelarnos con propuestas y experiencias alternativas; servicios y trabajo para todos; dar prioridad a los derechos humanos y sociales; desarmar la educación, las finanzas, controlar las transacciones financieras y sobre todo, desarrollar el aprendizaje de la solidaridad, de la bondad, de la sabiduría, del amor con la misma naturalidad que nuestros antepasados hablaban de la libertad, de la igualdad y de la fraternidad. Nadie puede rechazar el hecho de la globalidad, de los avances tecnológicos; pero tenemos el deber de oponernos a la globalización que pretende tratarnos como mercancías sometidos a la nueva divinidad del mercado. Baudrillard distinguía "globalización" de "universalidad". La primera corresponde a las tecnologías, al mercado, al turismo, a la información. La universalidad es el mundo de los valores, de los derechos humanos, de las libertades y de la cultura. Mientras que la globalización parece irreversible, la universalidad corre peligro de extinción, si no actuamos adecuadamente. A las religiones de origen abrámico, judaísmo, cristianismo, islamismo y marxismo, habrá que añadir la globalización en la que hay que creer aunque no podamos alzarnos contra sus castas sacerdotales porque el mercado es un poder sin cabeza, sin rostro, desalmado. Si antiguamente se reconocía el derecho a resistir al tirano, que se convertía en deber cuando padecían los más débiles, ahora debemos rebelarnos contra la nueva tiranía. |
José Carlos Gª Fajardo
Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 4/02/2000