Peligros de una sociedad dual

Señala Juan Luis Cebrián, antiguo director de El País, que estamos a punto de enfrentarnos al enorme problema de una sociedad dual, donde casi la mitad de la población vive al límite de la subsistencia.
Y en sus conversaciones con Juan Arias en Una mirada diferente, hace unas afirmaciones que estremecen en pleno desarrollo de la revolución digital. Esa mitad de la humanidad “no son ciudadanos de derecho, nunca serán clase media, nunca tendrán educación ni recursos materiales mínimos para vivir con dignidad. Se trata de una sociedad donde convivirán la esclavitud y la pobreza absoluta con la ciencia y la investigación más avanzada, con la comunicación universal en tiempo real.” Esto creará mayores posibilidades de violencia, a la que llamarán terrorismo.
La transformación de la economía financiera en los últimos veinte años nos está llevando a una interdependencia de las decisiones de unas personas respecto a las condiciones de vida, la riqueza o la pobreza de millones de personas en el mundo. Esto alarma a los observadores y analistas porque esas decisiones no siempre se toman por gobiernos representativos, sino por agentes del mercado que escapan a los tradicionales controles políticos. Lo cual deja en mantillas la pretendida superioridad del sistema democrático que los poderes occidentales pretenden imponer al resto de los países. Sin preguntarles su opinión y sin tener en cuenta sus tradiciones y sus culturas que, como mínimo, son tan respetables como nuestro eurocentrismo, y ahora el american way of life, nacidos de una civilización judeocristiana apoyada en unos sistemas culturales grecorromanos.
¡Qué locura pretender una superioridad cultural por el hecho de que haya sido dominante en los últimos cuatro siglos! Ya estamos comenzando a pagar sus consecuencias pues la inmigración, entre otros fenómenos insoslayables, nos trae las voces ricas y multiformes del Islam, de las civilizaciones orientales y la todavía más profunda del África llena de promesas que los colonizadores europeos despreciaron por ignorancia, mientras se aprestaban a poner en marcha su programa de las tres "ces": cristianizar, civilizar y abrirlos al comercio.
Esa sociedad dual se caracteriza porque los poderes públicos gobiernan sobre todo para sectores concretos de la población. Como podemos comprobarlo en tantos países de Latinoamérica, de Asia o de África, y cada vez más en Estados Unidos. La globalización no sólo controla la economía, sino también el crimen organizado, la prostitución, el narcotráfico, el contrabando de armas y hasta el terrorismo.
El peligro se hace todavía mayor en las esferas de las comunicaciones y en la revolución digital.
Jugamos a aprendices de brujos sin poder controlar un presente que no sabemos adónde nos va a llevar, porque algo está cambiando muy aceleradamente, pero sin darnos del todo cuenta de ello.
Los autores del libro se preguntan si no necesitaríamos un gobierno universal con poderes para decidir ciertas cuestiones que afectan a la humanidad entera. Y Cebrián responde que ya existe un gobierno mundial que no es necesariamente un gobierno democrático ni representativo.
La economía ya está controlada mundialmente, pero no por los gobiernos nacionales ni siquiera por las instituciones que surgieron en Bretton Woods, ya que las medidas de la Reserva o del Banco Central están motivadas por el comportamiento de agentes económicos que escapan al control de los gobiernos. Ahora los gobiernos nacionales no pueden definir la cantidad de moneda que se emite porque no pueden controlar a los agentes que operan en el sistema de pagos internacionales. El sistema es cada vez más global y más independiente de los poderes políticos elegidos por los ciudadanos.
“La autoridad mundial existe en la economía, existe en la informática” Se están generando grandes monopolios transnacionales provocados más por las exigencias de las nuevas tecnologías que por la mera codicia de sus dueños. Una vez más, la criatura se alza contra su creador, como en el mito de Pigmalión. Porque podemos más de lo que sabemos y algunos pocos tienen infinitamente más de lo que pueden administrar sin dañar a millones de seres humanos reducidos a objetos de mercado, a fuerza de trabajo o, sencillamente, ignorados por el sistema. Un gobierno mundial sólo sería imaginable si gobernara cosas muy concretas y es muy difícil imaginar cómo podría elegirse. Además, un gobierno semejante que pretendiera ser eficaz necesitaría de una fuerza coactiva hoy inimaginable. Mientras, más de la mitad de la humanidad no pide más que poder comer, recibir educación y elementales cuidados sanitarios.
No sólo se trata de la amenaza del nuevo poder hegemónico que pretende controlar las fuentes de energía y los lugares geopolíticamente estratégicos. Se trata de la supervivencia de la especie humana a la que tienen que hacer frente instituciones supranacionales capaces de imaginar y de organizar unas relaciones sociales más justas y solidarias a escala universal. El mundo ya se ha hecho abarcable y sus habitantes nos sabemos responsables. Los modelos que nos han regido hasta ahora y las relaciones de poder que originaron tienen que ser sustituidos porque una marea humana puede alzarse incontrolada y ciega al no poder soportar ya más unas condiciones de vida degradantes, indignas y, lo que es peor, sin sentido.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 25/04/2003