Susan George apela a la lucha contra la globalización
"Nuestros antepasados decidieron recortar los privilegios de los estamentos dominantes en el Antiguo Régimen (Nobleza y Clero) para redistribuir las riquezas. Muchos pusieron el grito en el cielo. Pero las revoluciones lo consiguieron. Ahora pedimos redistribuir los ingentes beneficios que monopolizan las transnacionales, gravándolas con impuestos y sometiéndolas a control. Grite quien grite y se pongan como se pongan", así afirmaba Susan George, directora del Instituto Transnacional de Amsterdam y presidenta del Observatorio de la Mundialización de París en el Foro "Propuestas para el siglo XXI" celebrado en Madrid. A la magia de las propuestas de Edgar Morin y Riccardo Petrella, no turbada por la intervención de Vittorio Corbo, consultor del Banco Mundial que defendió a ultranza el neoliberalismo como la panacea propia de una globalización imparable y saludable, sucedió el encanto de la politóloga norteamericana, residente en Francia que dedicó 15 años de su vida al estudio de la Deuda Externa. Acaba de aparecer "Lugano Report: on Preserving Capitalism in the 21th Century", que hace furor entre los intelectuales y agentes sociales comprometidos por el desenmascaramiento, si hiciera falta más, de las estrategias concretas de los grandes poderes económicos y financieros. "No creo en la objetividad de las ciencias sociales", afirmó en la segunda jornada del Foro, dedicada a las "Consecuencias políticas de la globalización". ¿Cómo se pueden medir el dolor, los valores, la amistad, el amor y la tristeza? Las consecuencias de la globalización son nefastas para el planeta porque es un agresor sin sentimientos. Para Susan George el mundo se mueve por criterios de interés y de poder, y éste no es invulnerable. La globalización es una palabra trampa, al igual que la privatización que se realiza en beneficio de unos cuantos y no incluye a la mayor parte de la inmensa minoría que padece sus devastadores efectos. En una exposición documentada con datos que pueden estremecer a cualquiera, pasó revista a las 100 primeras firmas industriales del mundo cuyos beneficios se han multiplicado sin cesar mientras reducían empleados hasta el punto de que las transnacionales, que según un informe de la ONU, no sobrepasarían las 60.000 con 500.000 sucursales, no dan trabajo más que al 2% de la mano de obra disponible mientras destruyen mucho empleo. Denunció que, en 1998, el 80% de las inversiones mundiales fue a adquisiciones y a fusiones de firmas. No crearon empleo, sino al contrario. Cuando se produce una fusión importante, suben sus acciones y se producen despidos de modo implacable. También demostró que no estimulan la competitividad sino que un tercio del comercio se produce entre sus filiales y otro tercio entre las transnacionales. Explicó con llaneza y sentimiento cómo los fondos de inversiones, de pensiones, de seguros y los flujos financieros mueven cerca de 30 billones de dólares, "casi el PIB mundial", afirmó. Quedó claro que las transnacionales no pretenden gobernar sino controlar los gobiernos nacionales por medio de sus poderosos lobbies (grupos de presión). Habló de la Table Ronde des Industriels de l’ Europe que agrupa a las más poderosas firmas y que visitan con asiduidad a los europarlamentarios y a las personas que toman decisiones. La Chambre de Commerce International se describe como "la única voz que habla en nombre de los empresarios" y la politóloga norteamericana dio la página web en la que la industria farmacéutica afirma "queremos romper el monopolio de la salud en Europa, para privatizarla". Ante confesión de parte no hay prueba en contrario, y así la Transatlantic Bussines Dialogue, fundada en 1975, reconoce que a las transnacionales les falta prestigio, pero como tienen poder lo emplean a través de la OMC y de la ONU, a cuyo secretario General, Koffi Annan, denominaban en Seattle "Nestkoffi" (en alusión al nescafé), por su complacencia ante las transnacionales a diferencia de su antecesor Butros Galli, por lo que fue vetado por los EEUU. Para terminar, recordó que el 0’5% de los norteamericanos tienen más del 40% de la riqueza nacional y que la fortuna de un solo hombre, Bill Gates, supera a la de 110 millones de sus conciudadanos juntos. Por eso, asistimos a
una mutación de la naturaleza de la política. Antes, había
una jerarquía y todos conocían cual era su lugar; la política
consistía en pedir favores y en prestar servicios. Después
de las revoluciones, la economía hacía crecer el pastel
y la política se ocupaba de repartirlo con la mayor equidad posible,
era la época del Estado de Bienestar. Hoy con la globalización
neoliberal crece la desigualdad y se debilita a los Estados. "Ahora,
dijo, el problema de la política consiste en decidir quién
puede vivir y quiénes tienen que desaparecer. Por eso, si permitimos
al mercado que tome decisiones por nosotros, será el fin de la
sociedad y del planeta porque ningún sufrimiento puede hacer
cambiar la política ". Pero reafirmó su esperanza,
por encima de cualquier optimismo voluntarista ya que hay signos que
muestran que algo orgánico está sucediendo y que las mismas
transnacionales comprenderán, con nuestra ayuda, que conducen
al mundo a una catástrofe por lo inhumano de sus planteamientos. |
José Carlos Gª Fajardo
Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 4/02/2000