Una Europa fuerte y democrática
Quizás
hemos estado demasiado atentos al proceso electoral en EEUU, no sin causa,
pero nos hemos ocupado menos de la consolidación democrática
en la Unión Europea. Olvidamos que es la segunda potencia económica
mundial y la primera exportadora. Ante el avance de los países
asiáticos, con China e India a la cabeza, no se puede permitir
la debilitación de la formidable sociedad norteamericana y mucho
menos cuando el equilibrio de las potencias en el mundo necesita de una
UE estable, democrática, ágil y solidaria. Por el bien de
la governanza universal es necesario que la sociedad que más ha
avanzado en la conversión de los derechos políticos en efectivos
derechos sociales se mantenga a la altura de sus indeclinables responsabilidades. Acabamos de asistir a la consolidación del Parlamento Europeo, la institución más democrática del sistema porque es la única elegida con los votos de todos los ciudadanos. Con la amenaza de no respaldar a la Comisión presentada por el presidente Durao Barroso, ha logrado que éste “detuviese el reloj” para formar un nuevo equipo de gobierno. Lo sucedido no tiene precedentes en la historia de la Unión Europea y demuestra que el Parlamento no es un “tigre de papel”, como algunos quisieran para tenerlo domeñado. La anécdota ha sido el perfil del candidato a comisario de Justicia, Libertad y Seguridad, Rocco Buttiglione, a raíz de una serie de declaraciones en las que calificaba la homosexualidad de pecado y ponía en tela de juicio la bondad de las madres solteras. Como recogen los periódicos, es importante la actitud de un Parlamento que ha llegado a su mayoría de edad y que está decidido a dejar de ser el tampón de goma que ratifica sin análisis ni debates las decisiones adoptadas por el Consejo de Ministros y la Comisión Europea. Ni siquiera ha hecho falta llegar a las votaciones: el periodo de consultas ha convencido al presidente de que había perdido el apoyo del Partido Liberal que, con sus 88 diputados, actúa como bisagra entre los dos grandes grupos, el Socialista y el Popular. Por desgracia, todavía el Gobierno de la Unión, o Comisión, es el fruto de las componendas entre los Estados que designan a sus candidatos a comisarios y negocian la distribución de las carteras en clave de política interna. No se trataba pues de hacer que Rocco Buttiglione renunciara a la Comisaría de Interior y Justicia sino de que la Italia de Berlusconi perdiera un puesto tan importante dentro de la Comisión. La clave de intentar colocar a un integrista católico, mentor espiritual del Movimiento Comunión y Liberación, era compensar al Vaticano por no haber incluido en los Tratados la mención a las “raíces cristianas de Europa”. El intento de Rocco Buttiglione de llevar la polémica hacia el terreno de la libertad de pensamiento y de religión y de presentarse como mártir de una cruzada de la “inquisición laica” casi desplaza el necesario debate sobre el cristianismo en Europa que, como recogen los medios, “no puede olvidar que la construcción europea debe mucho a católicos como Konrad Adenauer, Alcide de Gasperi, Robert Schuman y Helmut Kohl, insignes europeístas que jamás tuvieron dificultades en mantener un equilibrio entre su fe y su europeísmo sin establecer discriminaciones”. No hay que olvidar que otros comisarios también han sido rechazados por los parlamentarios: el húngaro Laszlo Kovacs, procedente del comunismo húngaro que no había sabido preparar a su país para integrarse en la UE; la letona Ingrida Udre, aspirante a Fiscalidad e inmersa en una causa judicial en su país por malversación de fondos o la holandesa Neelie Kroes, que después de formar parte de importantes consejos de administración de empresas privadas se pretendía que desempeñase la cartera de Competencia, como para no suscitar conflictos de intereses. Puesto que “no hay democracia sin controles y equilibrio de poderes”, el Parlamento ha ejercido las potestades que le otorgan los Tratados ante el próximo presidente de la Comisión Europea. Sería torpe y miope el atribuir lo sucedido a una reacción anticristiana por declarar que esos candidatos no eran las personas idóneas para desempeñar esas carteras. La Unión Europea parece gozar de buena salud. Nada es tan urgente que no pueda esperar cuando corren peligro las instituciones democráticas que los ciudadanos nos hemos dado libremente. Es preciso exigir a los Gobiernos que no utilicen a Bruselas como un cementerio de elefantes de políticos desfasados o como una palestra para echar pulsos al resto de Estados. Ante la ratificación por los ciudadanos de la Constitución Europea, los periódicos se preguntan, cómo van a creer los ciudadanos en la UE si los gobernantes son los primeros en jugar con ella. |
José Carlos Gª Fajardo
Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 29/10/2004