Turquía no es Europa
Europa
nunca ha sido un continente, no hay más que mirar el mapa. Somos
el lejano oeste de Eurasia. Pero sí tenemos la conciencia de un
pasado cultural formado por elementos grecorromanos, judeo cristianos,
eslavos y de otros pueblos que se integraron en un proceso de afirmación
de unos valores que identificamos como europeos. Junto a la impronta del
cristianismo, está la no menos luminosa del Renacimiento y de la
Ilustración que permitieron aflorar la democracia, los derechos
humanos, el laicismo y toda una manera de ser y de estar que no pocas
veces tuvo que abrirse camino contra la oposición de un cristianismo
conservador e intransigente. Para los pueblos mediterráneos es urgente recuperar ese tercio árabe musulmán sin el cual nos han mantenido cercenados durante siglos. Hoy hemos asumido nuestro pasado y avanzamos en un progreso material y cultural que sirve de referencia a muchos países de la tierra. Porque sabemos quiénes somos nos sentimos responsables solidarios de una tierra que no nos pertenece y de una herencia cultural y científica que no podemos considerar como propiedad privada sino dispuesta a ser compartida en un ambiente general de libertad. Pero esto exige mantener unas reglas de juego si no queremos sucumbir ante el fardo de injusticias y de abusos, de olvidos y de ignorancia que afligen a una gran parte de la humanidad. Esto no se conseguirá renunciando a nuestros códigos de conducta, a nuestros deberes o a nuestros derechos. Sin olvidar nuestras responsabilidades históricas no podemos ignorar que lo que atrae a otros en Europa es este ordenamiento jurídico y social que nos hemos dado y que tenemos que conservar y compartir pero sin fantasías ni anomias que nos llevarían al caos. Pero una cosa es sabernos conformados por ricos y variados legados culturales y otra muy distinta es entregarnos en brazos de una cultura eslava o escandinava, magiar o judía, árabe u otomana. Sería una locura. Atrás quedan pero muy presentes las barbaries que ideologías totalitarias, comunistas o fascistas, han ensangrentado en nuestras tierras con el mito de los nacionalismos. Nuestra riqueza no radica en la uniformidad sino en la diversidad cultural y religiosa, política y social, de opción de modelos humanos y de costumbres. Esa es nuestra grandeza, la unidad en la diversidad en una conciencia general de respeto y de libertad. Por eso, ante la acordada apertura de conversaciones con Turquía debemos exponer nuestras serias preocupaciones, porque en ello nos va nuestra continuidad como protagonistas de un quehacer en un futuro por construir. No podemos olvidar las profundas diferencias que existen entre nuestras dos comunidades: la turca y la que conforman los pueblos de la UE. Que las aparentes mejoras del presente no pongan en peligro nuestra misma razón de ser y nuestra personalidad. Partimos de que hay otras fórmulas de cooperación y de relación dentro de un espacio común de prosperidad económica, social y política aparte de la integración como un miembro más de la UE. No podemos aceptar el sordo chantaje de que “con nosotros o contra nosotros”. De esta forma nunca dejaríamos de incorporar a otros miembros con uno u otro pretexto perdiendo nuestra razón de ser y esas señas de identidad que admiran y respetan otros pueblos: Marruecos, Libia, Israel o Egipto. Acabaríamos convirtiéndonos en una ineficaz sociedad de naciones perdida en burocracias sin fin. Para eso ya tenemos a la ONU. Turquía no es Europa. Sólo el 5% de su territorio y el 8% de su población están fuera de Asia. Sus fronteras más extensas son con Siria e Irak, además de con Irán y Armenia, Bulgaria y Grecia. Su población de 73 millones de habitantes la convertiría en la segunda de la UE y en pocos años con 90 millones en la primera con la consiguiente repercusión en sus instituciones. ¿Cuándo fue Turquía un Estado europeo? Nuestra común historia ha sido sobre todo de enfrentamiento y de lucha. Fueron detenidos sus ejércitos por dos veces a las puertas de Viena e innumerables en el Mediterráneo. Tomando el símil de Gadafi eso sería meter dentro de nuestras fronteras un auténtico Caballo de Troya. No es un estúpido prejuicio anti-islámico, como pretende el Gobierno turco, el tema de la religión: el 90% de su población es musulmana, no árabe sino turca, y que no ha asimilado la secularización o el laicismo que el general Atatürk pretendió al fundar la república en 1923. No podemos ser ingenuos. Una vez establecidos en toda Europa formando parte de sus instituciones y con la fuerza de su peso demográfico se tambalearían no pocas de las conquistas sociales que nos costaron siglos alcanzar. Fijémonos en los símbolos que tanto expresan: la fijación del 3 de octubre para comenzar las conversaciones es la víspera del inicio del Ramadán, cuarenta días de ayuno. ¿Se imaginan una orientación hacia el fundamentalismo islámico en una sociedad habitada entonces por más de cien millones de musulmanes, turcos y árabes, kurdos y beréberes, sunitas, chiítas o salafitas? No hay por qué temer a las palabras si queremos que los límites de nuestro lenguaje no desborden los de nuestro propio mundo. Es preciso abrir un debate amplio y sereno, documentado y realista. Recordemos la anécdota de que la esposa del primer ministro turco Erdogan, no puede visitar como tal al Presidente de la República turca porque insiste en utilizar el velo islámico que las leyes turcas pretenden regular sólo en actos protocolarios. Y si la esposa del César turco actúa así a la sociedad laica francesa no tienen por qué impedirle expresar sus convicciones. Ni al resto de los europeos tampoco. |
José Carlos Gª Fajardo
Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 17/12/2004