Europa necesaria entre dos colosos

En la “vieja Europa”, como la denomina Rumsfeld, se estaba desarrollando un apasionante proceso de transformación de los derechos humanos en derechos sociales concretos cuando fue atacada en sus fundamentos.
No otra cosa significaron las alboradas que saludaron los movimientos de resistencia contra una globalización perversamente administrada por los poderes de las finanzas, del tráfico de armas y del crimen organizado.
La sociedad civil emergió de su letargo y se lanzó a la calle al ver derribados de sus pedestales a los dioses en los que había creído durante siglos: estado-nación, seguridad garantizada, economía de mercado, educación programada, sociedad patriarcal en la que todo estaba previsto y organizado, chamanes que exorcizaban y poderes mayestáticos que garantizaban el cielo o condenaban al averno.
No sin causa, el voluntariado social y la drogadicción entre los jóvenes son fenómenos sociológicos que coinciden en el tiempo. Ante un mundo que iba perdiendo su sentido, muertas las ideologías y desfallecido el etnocentrismo europeo que había sostenido un imaginario colectivo durante siglos, unos jóvenes no pudieron soportar tanta presión sin un horizonte alcanzable y se enajenaron en busca de paraísos fatales que les liberasen de pensar y de tomar decisiones.
Era el “viaje”, trip y chute en su terminología, que les servía como medio, nunca como causa, para escapar de una sociedad que no comprendían, y de una falta de autoestima que se dañaba como un Prometeo que se devorase a sí mismo sus entrañas.
Aunque desde la noche de los tiempos las drogas fueron utilizadas como fármacos o con fines religiosos, o sencillamente lúdicos para gozar de una divina ebriedad transitoria, la drogadicción como fenómeno sociológico que se extiende entre los jóvenes de los cuatro continentes, puede datarse en los setenta. Por supuesto que la revolución en las comunicaciones ha contribuido a convertir el espectro de esos marginados en una noria que gira alocada e incesante en tiempo real.
Del mismo modo, la compasión y la generosidad con el necesitado, el altruismo y la caridad no son productos de la hora veinticinco. La historia ofrece maravillosos ejemplos de solidaridad y de comunidades que compartían sus bienes y se ayudaban mutuamente más allá de los lazos familiares.
Ahora, en esta vieja Europa, así como en otros países considerados desarrollados o industrializados, prolifera el voluntariado social como una manifestación pujante de una sociedad civil que se ahoga entre ortopédicas instituciones que se habían vuelto obsoletas: religiones hueras y formalistas, partidos políticos burocratizados y sindicatos sin conciencia de clase que se esterilizaban en el pesebre del Estado con las migajas que caían de las mesas de los poderosos. El mismo concepto de patria, con sus símbolos de banderas, himnos y canciones, la misma idea de frontera o de nacionalidad como factor excluyente, el modelo de familia clásico y las morales vinculadas a mitos y a tabúes desenmascarados se estaban diluyendo en un magma carente de sentido para cientos de miles de jóvenes que comprendieron que, aunque la vida no tuviera sentido, tenía que tener sentido vivir. Y se lanzaron a los caminos al encuentro de otras personas que pudieran necesitarlos. Querían sentirse útiles y amados. Necesitaban participar en la fiesta de la vida aunque tuvieran que inventar cada día sus reglas. No les importó sacar horas al descanso o al sueño, organizar sus vidas de forma que pudieran robar unas horas a la semana para ayudar a los demás a que pudieran ayudarse a ellos mismos. Se estaba produciendo un fenómeno de una Ética emergente que ponía a la justicia social y a la libertad junto a las ansias de felicidad.
A nadie preguntaban por su religión, su etnia o su nación ni ellos eran preguntados por sus orígenes, historia o condición: celebraban la alegría del encuentro en la amistad y descubrían el sentido de saberse “compañeros”, copain, los que comparten el pan.
Pero llegaron la caída del Muro de Berlín y el desmoronamiento del desvencijado paraíso soviético que se reveló lleno de herrumbre, injusticia y dolor.

La Unión Europea se construía paso a paso a partir de los intereses de los mercaderes. Pero que habían caído en la cuenta de que la vieja máxima de Robert Owen era de aplicación general: No están reñidos la productividad y los beneficios empresariales con las buenas condiciones de trabajo y un bienestar social, en un ambiente general de libertad.
La experiencia de dos guerras mundiales espantosas, con los colofones de Hiroshima y de Vietnam, más la progresiva toma de conciencia de los abusos cometidos con los pueblos colonizados y la responsabilidad por la desastrosa gestión de sus independencias hacían suspirar por unas formas de vida más acordes con la naturaleza y con la armonía. Se comenzaba a descubrir el ocio como colofón de un desarrollo económico que jubilaba a las personas a una edad en la que todavía tenían tiempo para disfrutar.
Y en esto, llegó la prepotencia de la nueva hegemonía que sintió la tentación de dominar al mundo imponiendo sus criterios y sus miedos. Y cedió a ella.
En estas estamos, con un mundo en convulsión en el que no hay estado que se considere seguro, ni siquiera en la Unión Europea, en la que de forma aviesa se han introducido elementos de desintegración. El fantasma de una Europa eslavizada y sostenida por la potencia norteamericana es demasiado evidente como para no percibir la pinza que ahogaría a esa Europa de los derechos sociales y de las libertades.
Asusta pensar que las famosas armas de destrucción masiva, biológicas y químicas, no estén en poder de los países que conforman el supuesto “eje del mal” sino que a alguien se le hubieran escapado de la redoma y fueran a caer en la columna vertebral de la colosal potencia que emerge por Oriente. Al menos, el gigante chino ha recibido un golpe en su poderío y en su prestigio que permitirá consolidar las nuevas fronteras del imperio estadounidense soñado por los estrategas del terrorismo de estado que hoy padece el gran pueblo norteamericano.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 09/05/2003