Los enemigos del capitalismo
TCuando
el semanario The Economist cumplió 160 años, publicó
un número bajo el título de Capitalismo y democracia. En
él se defendía que los más potentes enemigos del
capitalismo son los propios capitalistas. No son los movimientos a favor
de una globalización alternativa, la izquierda socialdemócrata
o los comunistas que han sobrevivido a la caída del muro de Berlín,
sino los amigos del capitalismo, sus hombres de confianza que han soltado
las riendas y abusan de su poder sin límite. El auge económico
y de los mercados financieros de los años noventa fue tan extremo
que su decadencia ha provocado una ingente cantidad de escándalos
empresariales, el resentimiento generado por el enorme incremento de las
desigualdades, un abrumador agujero de los fondos de jubilación
privados de millones de ciudadanos y, sobre todo, una desilusión
respecto de la capacidad de las instituciones democráticas para
hacer que los culpables respondan de sus acciones. Lo cuenta Joaquín
Estefanía en el interesante artículo “Cuando el capitalismo
pierde la cabeza”. Durante años, todos los bancos han bombardeado a sus clientes, y al resto de los ciudadanos, mediante abusivas campañas de publicidad, para convencerles de que invirtieran sus ahorros en un fondo de inversión, o en un plan de pensiones. La sensación que producían era la de que los sistemas del Estado iban a fracasar, a causa del incremento demográfico y que más valía cambiar nuestra confianza en la benéfica y providencial gestión de los agentes de la economía de mercado. Es alarmante que las instituciones públicas no hubieran reaccionado con una información adecuada porque uno paga los impuestos con peor talante cuando lo convencen de que va a perder lo retenido por el Estado. El corazón del capitalismo del siglo XXI son los fondos de inversión. Sus gestores manejan más dinero que el de los presupuestos de los países más ricos del mundo. Si se generalizase la crisis de confianza que padecen, sería mucho más importante que los escándalos que han dañado al resto del sistema financiero: las empresas que cotizan en Bolsa; los bancos de inversión que les asesoran; las compañías auditoras que tendrían que haber detectado los engaños contables; los organismos reguladores que permitieron el fraude; los ejecutivos y directivos que antepusieron su interés personal al de las sociedades que representaban; los mercados de divisas que llevan décadas blanqueando capitales y tratando desigualmente a sus inversores. Y ahora, los fondos de inversión, en los que participan millones y millones de ciudadanos. La industria de los fondos de inversión en Estados Unidos ha entrado en una profunda crisis de confianza por sus numerosas irregularidades. Cuando quiebran empresas como Enron o WorldCom, los perjudicados son sus accionistas, sus inversores, sus trabajadores y sus jubilados. Pero, cuando fondos de inversión sufren alguna manipulación, los perjudicados pueden ser centenares de millones de ciudadanos. Noventa y cinco millones de norteamericanos tienen sus ahorros depositados en los más de 8.000 fondos de inversión que operan en EE UU, por valor de siete billones (no billions) de dólares, lo que equivale, por ejemplo, a más de 12 veces los Presupuestos del Estado español. Y afecta a ciudadanos del mundo entero que han confiado en la rentabilidad de esos fondos o de los fondos de pensiones, para asegurarse la vejez. “¿Qué tiene que ver este capitalismo del fraude y el engaño, con el de sus padres fundadores, Adam Smith, Benjamin Franklin o Max Weber?”, se pregunta Joaquín Estefanía. El capitalismo requiere confianza; los ahorradores tienen que poner su dinero en manos de otros y han de confiar en que no les estafen. La fuerte regulación fortalece al capitalismo. Sostiene el Nobel de Economía Joseph Stiglitz, antiguo economista jefe del Banco Mundial, que la regulación impide a las empresas y al sector financiero aprovecharse de su capacidad de monopolio cuando la competencia es limitada; ayuda a mitigar los conflictos de intereses y las prácticas abusivas, de modo que los inversores puedan tener confianza en que el mercado proporciona un marco de juego limpio y que aquellos que dicen que actúan en defensa de sus intereses en realidad lo hacen así. Pero la otra cara de todo esto es que la regulación actúa en detrimento de los beneficios rápidos; por eso se han multiplicado los lobbys autorregulación. Otros muchos economistas también opinan que los escándalos generalizados han derrumbado los fundamentos intelectuales de la economía del laissez faire: la creencia en que los mercados se bastan a sí mismos para manejar con eficacia y con justicia, toda la economía. Todos estamos afectados por los escándalos de las empresas que cotizan en bolsa, por los bancos de inversión, por las compañías auditoras y por las instituciones que durante años consiguieron nuestra confianza para depositar lo ahorrado con esfuerzo para una vejez sin sobresaltos. Han jugado con la confianza de centenares de millones de ciudadanos y al fraude criminal han añadido el escarnio de la desesperanza. |
José Carlos Gª Fajardo
Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 12/12/2003