La tortura no se combate con libros
blancos
El
trabajo es para el ser humano, no el ser humano para el trabajo. Es una
verdad muy repetida que no pierde vigencia. En este mundo -donde existen
la esclavitud y la explotación, hay miles de personas desempleadas
y el trabajo infantil sigue siendo una herida sangrante- celebramos un
simbólico día de los trabajadores recordando la situación
de miles de personas en el mundo que esperan su oportunidad de ejercer
uno de los más sagrados derechos: el de servir a la comunidad con
una tarea que aporte a los otros un bien y a sí mismos la dignidad
de poder participar y crear, a la vez que recibir un justo salario con
el que sostener a sus familias. Sueldos de miseria, precariedad laboral, horarios inhumanos y discriminación de la mujer son algunas de las realidades del actual panorama laboral. El desempleo es uno de los mayores desafíos con que se encuentran las economías de todos los países. Según el Informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, en el grupo de países de alto desarrollo humano había en 1997 cerca de 33 millones de desempleados. Entre ellos, Estados Unidos tenía en 1997 cerca de siete millones de desempleados (un 5% de su población activa); Japón más de dos millones (3,5%) y en España más de tres millones (un 15%). En otras regiones, las cifras se disparan y en muchos países ni siquiera hay estadísticas. Para la mujer, el panorama es aún más desolador e injusto. La brecha de desempleo entre hombres y mujeres ha aumentado en esta década. El porcentaje de mujeres desempleadas es entre un 20 y un 50% superior al de los hombres desmpleados. En América Latina, según la Oragnización Internaional del Trabajo (OIT), una de cada cinco mujeres que busca trabajo activamente, no lo encuentra, con el impacto que esto tiene en sus familias y con la aceptación habitual que supone de sueldos muy bajos en puestos muy precarios. Las discriminaciones por ser mujer pasan desde el acoso en el trabajo a la diferencia de salarios, a veces hasta un 75% menor que el de un hombre en igual puesto. Trabajo Infantil, la infancia robada. Naciones Unidas ha denunciado que en la actualidad hay más víctimas de la esclavitud que nunca: 250 millones de personas. Algunas sufren jornadas de más de 15 horas, a veces sin recibir nada a cambio. Miles de niños son vendidos y forzados a trabajar sin derechos. Son las nuevas versiones de la esclavitud en pleno siglo XXI. Cuatrocientos millones de niños y niñas -250 de ellos entre cinco y doce años- trabajan en todo el mundo. A tiempo completo lo hacen 120 millones y un tercio de ellos están empleados en ocupaciones peligrosas. Por regiones, un 60% del total se encuentran en Asia, en África un 32% y en Latinoamérica un 7%. La O.I.T., desde hace dos décadas ha realizado campañas para erradicar la explotación infantil, pero el año pasado en Ginebra su Asamblea General renunció a un mínimo de dignidad en la protección de la infancia. Para esta organización, sólo se trata de explotación cuando hablamos de menores de 14 años que no han pisado un colegio. En el nuevo convenio pretende eliminar sólo las peores formas de trabajo infantil: la esclavitud, el tráfico de niños, la prostitución y otros trabajos que los gobiernos consideren una amenaza para la salud, la seguridad o la moralidad de los niños. Pero su verdadera responsabilidad es impedir cualquier trabajo infantil. Los niños y las niñas deben estudiar y jugar, y, cuando trabajan es porque les obliga la pobreza de sus familias y la impunidad de los peores empresarios. Según UNICEF y la O.I.T, el porcentaje medio de menores en relación con la población activa es en América Latina del 18%, en África del 17% y en Asia de un 11%. En algunos países, como Burundi, el porcentaje sube al 49 por ciento y en Brasil, más de medio millón de niños entre 5 y 9 años trabajan en el sector agrícola. Niños peruanos, bolivianos o colombianos en minas de oro, esmeraldas o carbón; en Tailandia, Taiwán y otros países asiáticos es habitual la mano de obra infantil en sedes de filiales de algunas multinacionales del sector informático y del material deportivo. En Pakistán, por ejemplo, se calcula que hay 3,4 millones de niños trabajadores, 7.000 de ellos en la industria del balón. La región norte de ese país factura 40 millones de balones al año, un 70 por ciento de la producción mundial. Mientras las multinacionales sacan su provecho, a un niño pakistaní coser tres o cuatro balones le supone un dólar. El plan de la OIT conlleva la denuncia y la información. Se han creado en la región cerca de cien colegios y 2.800 niños ya van a clase. Pero los balones de algunas grandes firmas llevan una etiqueta invisible que dice: "trabajo infantil, crimen contra la humanidad". O como considera la campaña "Ropa Limpia" de varias ONG españolas, hay muchos productos con "defecto de fabricación: las condiciones de trabajo". Son muchas las cuestiones laborales que afectan a todos los países y se necesita una conciencia social global para abordarlos. Gracias a los avances de las comunicaciones, el mundo se hace cada vez más pequeño, pero también sus miserias son más visibles. Las sociedades del sur y del norte debemos conjugar esfuerzos para hacer realidad uno de los derechos esenciales de todo ser humano: el derecho al trabajo. Porque re-cordar "es volver a pasar por el corazón" y porque quizá la mayor violencia que podemos ejercer es el olvido, tengamos muy presentes a los que hoy no pueden celebrar esta fiesta más que con un grito desesperado y un aldabonazo a las puertas de la conciencia de quienes son responsables de ofrecer la oportunidad de trabajo a las personas. Con respuestas solidarias y de justicia, no habrá una conmemoración por el día de los trabajadores, sino la celebración de una vida digna para todos. |
José Carlos Gª Fajardo
Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 31/03/2000