La mano invisible que mueve el poder

En un formidable artículo, La veleta no cambia, es el viento, el profesor  Vidal-Beneyto ofrece un ejemplo de erudición y de honestidad intelectual tan necesarias en estos días de confusión, engaño y desconcierto.

Los vientos que nos sacuden, dice, son vientos rugosos, regresivos, que han invertido las corrientes que antes nos empujaban, arrastrándonos con ellos y haciéndonos saltar de campo sin dar una sola razón, sin decir una sola palabra. Con lo que el desconcierto y la orfandad se han convertido en nuestra condición irrenunciable. Pues “¿cómo asumir, se pregunta, que los dos inexorables denostadores de la Unión Soviética que fueron Alexandr Solzhenitsyn y Alexandr Zinoviev hayan endosado, al final de sus vidas, el sayo antidemocrático, y Zinoviev haya hecho de la perestroika la responsable de todos los males actuales de Rusia?” Al igual que causa pasmo que grandes luchadores por la democracia que fueron nuestros modelos, Bronislaw Geremek, Georgy Konrad, Václav Havel, Adam Michnik, se hayan alineado con las posiciones de Bush en política exterior y apoyasen una guerra injusta, de conquista y de expolio para poder controlar las reservas de petróleo en Oriente Medio. Todo para argumentar que la guerra se justifica por la lucha contra las dictaduras y el terrorismo personificados en Sadam Hussein. Como si la estructura de poder de un país soberano, miembro de la ONU, y su violación de los Derechos Humanos facultase a cualquier otra potencia a invadirlo y destrozarlo en abierta contradicción con lo establecido en la carta de la ONU. ¿Qué habríamos de hacer con países cuyos dirigentes actúan en flagrante contradicción con las normas de Derecho Internacional como China, Rusia, Corea del norte, Israel, Arabia Saudita, Pakistán, Egipto, Sudán, no pocas repúblicas asiáticas de la extinta URSS, Cuba, Nepal, Zimbabwe, y tantos otros?  O con aquellos que mantienen la pena de muerte y practican la tortura, violan las fronteras y mantienen cárceles secretas, o blanquean en sus bancos el dinero del narcotráfico y de la venta de armas, mediante criminales paraísos fiscales, que todos conocemos pero que presumen de respetables y se atreven a imponer el “modelo democrático” por la fuerza de las armas, de la extorsión y de la ruina.

No se entra, sostiene Vidal-Beneyto, en el tema del petróleo y en los manejos de Bush y de Halliburton, previos a la guerra; se omite la falsedad de los pretendidos contactos entre Al Queda y Sadam Hussein, se silencia el hecho de que Iraq no hubiese intervenido en ninguna acción terrorista en los países occidentales; se pasa por alto el inevitable enfrentamiento bélico entre suníes y chiíes, y se convierte a los partidarios de Sadam en resistentes y a sus tropas en fuerzas de liberación. Sin olvidar el escarnio de los derechos humanos que han supuesto Abu Ghraib, Guantánamo y la legitimación democrática de la tortura.

¿Cómo pudo suceder, se pregunta, que la tentativa más radical de subversión del orden capitalista y de liquidación de la sociedad del lucro y de la explotación se transformase en menos de una década en la cazuela en la que se cocieron lo posmoderno y la economía financiera y se guisara el social-liberalismo que es nuestro pensamiento único, sin que nadie nos advirtiera de la fechoría?

En estos días ha visto la luz el revelador libro de Joaquín Estefanía, La mano invisible, que aborda el problema del poder, aparte del que nunca se discute: el del dinero que se aloja en los mercados financieros y se sirve de medios de comunicación poderosos que defienden sus intereses. Actualmente, afirma el autor, se ha dado un desplazamiento del poder en perjuicio del Estado como órgano de la sociedad formada por los ciudadanos. Las Administraciones del vapuleado Estado nación se han convertido en meros ejecutores de los designios de los poderes económicos y financieros transnacionales e incontrolables. Y cómo se puede concebir una sociedad sin Estado pero no una sociedad sin poder, Estefanía apunta las tres concepciones respecto al uso del poder en nuestro tiempo.

Una, sostenida por los pesimistas, es la de que no podemos escapar de la sumisión al poder que nos controla y nos domina. La otra es la de “los optimistas de la ingenuidad, aquellos que no creen más que en la ley y el orden y que abandonan a su suerte a los que no se conforman con esta situación”. Finalmente, apunta una tercera vía que corresponde a quienes reconocen la indudable influencia de la economía y de los poderosos  intereses, pero que reconoce que los actores sociales no se encuentran privados de cierta autonomía y capacidad de iniciativa. Otro planteamiento sería insufrible por inhumano e inaceptable por tiránico ante el cual el derecho a rebelarse y alzarse contra él por todos los medios se convertiría en un deber inalienable. Si todo poder excesivo genera resistencia, la sociedad civil ha de afirmar la veleta para que pueda resistir a los vientos consolidando nuestras condiciones de existencia, es decir sus raíces y sus cimientos. Que en la rotunda afirmación de Vidal-Beneyto son los valores, lealtades, convicciones expresadas en los derechos humanos y sociales fundamentales.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) en 2006