El despertar de China

Preveía Napoleón que, cuando China despertase, el mundo temblaría. Un siglo más tarde, el Káiser Guillermo ponía en guardia contra lo que él consideraba "peligro amarillo". Después de casi dos siglos de humillaciones por parte de las potencias occidentales, China emerge como una gran potencia llamada a copresidir los destinos del planeta antes de una década. Georgina Higueras recoge este proceso en su formidable libro "China, la venganza del dragón".
China es el único país que ha tenido un crecimiento económico medio anual del 8% durante un cuarto de siglo. Este milagro económico se incrementa por su influencia los países de su entorno.
En 1979, China puso en marcha su segunda revolución marcada por el pragmatismo económico y el tránsito hacia el capitalismo y por el mantenimiento de la estructura centralista del partido comunista.
China despunta como uno de los más importantes polos de crecimiento, no sólo de Asia sino del mundo. Ya es la sexta potencia económica, detrás de Francia, y en 2015, habrá sobrepasado a Japón. En una década, será la segunda potencia económica, detrás de EEUU.
Tiene un 11% de las reservas mundiales de divisas, con 260.000 millones de dólares. Puede comprar lo que quiera e influir en las economías de otros países. En 20 años ha quintuplicado el valor de su comercio exterior, cuyas exportaciones suponen el 4,4% del total mundial y en 2002 la inversión extranjera rondó los 50.000 millones de euros.
Deng Xiaoping, fallecido en 1997, puso fin a la ideología marxista, que gobernaba el país desde 1949, con la conocida frase: "Enriquecerse es bueno".
La transformación de la economía transforma el modelo social de una sociedad con 5.000 años de historia y 1.300 millones de habitantes, que siguen controlados por el Partido Comunista Chino. En el Congreso celebrado en 2002, se realizó la primera transición pacífica de la historia de los comunistas chinos. No hubo ni purgas, ni defunciones. Jiang Zemin y los restantes miembros del Comité Permanente del Buró Político, cedieron sus puestos a la "cuarta generación" de dirigentes.
China es considerada como uno de los grandes motores de la economía mundial y como la locomotora que puede impedir, con su fuerza de arrastre, que el mundo entre en recesión. Se ha convertido en una transformadora de las modernas tecnologías. Sus titulados universitarios regresan a millares desde los más prestigiosos centros occidentales para incorporarse a ese milagro económico, en un fenómeno único en el mundo porque saben que el desarrollo social transformará las estructuras del poder.
El antiguo presidente de Singapur, Lee Kuan Yew, que al frente de un régimen anticomunista consiguió una de las rentas per cápita más altas del mundo para su país, decía que China "es un país tan grande y tan diverso que será capaz de producir simultáneamente los zapatos, los aparatos electrónicos de alta tecnología, los equipos de telecomunicaciones o los chips más baratos del mundo, porque cuenta con una mano de obra inagotable y una gran capacidad de formación".
Del ansia por descubrir lo que hay más allá de la Gran Muralla dan cuenta los 50 millones de chinos conectados a Internet. Un arma de doble filo porque se trata de un instrumento imprescindible para las actividades comerciales pero que puede convertirse en un agente subversivo con sus casi 400.000 sitios en chino. El Gobierno hizo un llamamiento a la industria de Internet que se comprometieron a no colocar en la Red o diseminar "información perniciosa que pueda perjudicar la seguridad del Estado y quebrantar la estabilidad social ni materiales obscenos o supersticiosos". Sabia decisión pues es con la apertura hacia nuevos horizontes como se pueden transformar estructuras e instituciones que pueden convertirse en obsoletas.
"El milagro del crecimiento económico" escribe Higueras, "se ha hecho a costa de millones de trabajadores que se encuentran ahora sin la protección que les brindaba el Estado: seguridad en el empleo, pensiones, vivienda, servicio médico, colegios y otros beneficios sociales. Ante esta situación, el Partido no tendrá más remedio que modificar una parte de sus gigantescas inversiones en infraestructuras e impulso al desarrollo para destinarla a la creación de un sistema de seguridad social que proteja a la mayor cantidad de gente posible".
Es preciso superar la nostalgia de los tiempos maoístas y del llamado tazón de hierro, que garantizaba a todos la ración diaria, para intentar adaptarse a las nuevas realidades y mantener el equilibrio social, tan tradicional en la cosmovisión y en la historia del Imperio del Centro, para profundizar en las reformas, no sólo económicas, sino también sociales y políticas.
El espíritu de los estudiantes, masacrados por los tanques en la plaza de Tianamen, en 1989, parece brotar con el impulso de las diez mil flores.

José Carlos Gª Fajardo

Este artículo fue publicado en el Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS) el 23/01/2004