Retazos de Ting Chang 011
El bloque de piedra
|
Cuando Sergei recogió el
servicio para el té que el Maestro les había dado, le dijo al Noble médico: - "Señor, esos idiotas
no lo eran tanto ¿verdad? - Yo no lo creo. Lo que
importa es no confundir al auténtico seguidor de la via sufí con los
cuentos y estratagemas que ellos inventan para desconcertar a sus oyentes
y luego ayudarlos en su despertar. - Entonces, ¿El Mulá
Nasrudín... nunca ha existido? - Sergei, Liebre siempre
alerta, quizás existiera un mulá y otro y otro, cada uno de los cuales
tuvo experiencias y anécdotas que los demás fueron incorporando a su
repertorio. Hacerse el idiota no es lo mismo que serlo, auqnue la perfecta
sabiduría quizás consista en recibir las cosas y actuar con la libertad,
ingenuidad y pureza de corazón de esa gente sencilla. - Sin dar vueltas a las
cosas... - Sin darle vuelta a nada.
Cuando comer, comer; cuando beber, beber; cuando descansar, descansar. - Y cuando divertirse,
folgar y emborracharse... - ¡Para, Sergei, para!...
Aunque si lo hicieras con el corazón transparente, no te apegases ni lo
programases... ¿qué más da hacer una cosa que otra? - Entonces, el Bien no
existe, ni tampoco el Mal. - Filósofo estás, Hijo de
las estepas, ¿seguro que no estás tramando algo? - Mi Señor,- dijo postrándose
de hinojos con la frente en el suelo y las manos hacia arriba como para
recibir al Buda- , mi única preocupación es no despertarme de este sueño
que estoy viviendo para no separarme nunca de tu lado. - Venga, levántate y acerca
ese plato con las galletas de jengibre, mientras te cuento otra de las
idioteces de los derviches, además esta dicen que le sucedió al Mulá
Nasrudín mientras paseaba con su hijo. - Cuenta, Amigo de los que
sufren, cuenta. - ¡Ay de mi! Ahora me
vienen tres historia a la mente. - Esto también le ocurría
a nuestro Maestro. - Pero él sabía
desenredarlas y cada vez nos contaba una. - Salvo una vez que se dejó
ir y me fue ensartando una detrás de otra, mientras el sol se ponía al
otro lado del río. - Eso sería porque pasaba
cerca el pájaro de la tristeza. - Si ha de ser así, no me
cuentes más que una, Noble Señor... aunque ya nos preparemos para viajar
a Shangai. - Calla y no desbarres.
Escucha. Iba el Mulá paseando con su hijo cuando vieron el huevo que una
gallina había puesto cerca del camino. "Padre, preguntó el rapaz,
¿cómo entran los pájaros en el huevo?" "¡Ahora sí que
estamos bien!, - respondió el Mulá fingiendo sorpresa-, me he pasado
media vida preguntándome cómo salían los pájaros del huevo y ahora
vienes tú y me preguntas que cómo salen!" - ¡Esa sí que es buena! - La sabiduría sufí
pretende que no perdamos el tiempo en lamentarnos por los efectos sino que
nos preguntemos por qué nos hemos metido en ese problema. Ellos dicen
"Dime de dónde vienes y te diré adónde vas". - ¿Cual era la otra
historia, encadenada?, preguntó la Liebre del Ouad Arrama. - Un Maestro le dice a sus
discípulos "Figuráos que estáis encerrados en un enorme bloque de
mármol. ¿Cómo haríais para salir de allí?" Unos, dijeron una
cosa, otros, otra a cual más disparatada. Entonces, el humilde jardinero
que barría el atrio en donde se encontraban alzó la vista y sonriendo da
un paso hacia adelante y dice "Así". - ¡Claro! porque el bloque
de piedra no existía. - La mayoría de los bloques
que nos angustian son mentales, inventados, provienen de nuestra imaginación.
Si las ilusiones, en realidad, no existen más que en nuestra mente se da
un paso adelante y ya se sale de ellas. - Como nosotros en el camino
de Shangai... Pero, Shangai existe. - Sí que existe, y existía
antes de ponernos nosotros en camino. Lo que nos asustan son las fantasías
de un mundo desconocido, bueno, los engranajes de eso que llaman mundo y
que yo habia tomado la decisión de abandonar para dedicarme sólo a la práctica
de la medicina en un hospital alejado de la gran ciudad para poder atender
a los más necesitados. - Sí, pero nuestro Maestro
te hizo comprender que no es encerrándonos en nuestro capullo como se
producirá la seda. - El, ni Tenno ni el
Barrendero, me dijeron nada. Tan sólo me ayudaron a pasar al otro lado
del río. - ¿Y que haremos con la
balsa, quemarla? - ¡Nada de eso! La
dejaremos en la orilla por si otro puede necesitarla. - Noble Ting Chang, tú no
estás triste, ¿verdad? (Nosotros no estamos tristes, ¿verdad?) |
José Carlos Gª Fajardo
Este texto pertenece a la serie 'Retazos de Ting Changl', colección de
cuentos orientales adaptados a nuestro tiempo