Retazos de Ting Chang 009
El agua del Gran Mar
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Una tarde, al regresar de un paseo, le dice Sergei al
Noble Ting Chang: - No sé cómo puedes estar tan tranquilo ante la
inmensidad de la tarea que te espera, Noble Señor. - Sergei, un día yo también pregunté a nuestro
Maestro cómo era posible que la inmensidad del Cielo habitase en todos
los seres humanos, sobre todo, al considerar las terribles injusticias que
llenan la historia. Yo se lo escribí en una carta enviada por un
mensajero a lo que él me repuso por el mismo conducto “Dile a tu Señor
que, cuando venga a verme me traiga una botella del agua del mar de
Shangai. - ¿Una botella de agua?, se admiró el rapaz. - Así es. Hice tal como me dijo y, tan pronto como
llegué y se la entregué, me miró y me preguntó extrañado: “pero,
hombre, ¡si esta no es agua del mar de Shangai!” “Maestro, le respondí
azorado, ¡si yo mismo fui a buscarla antes de emprender el viaje! Otra
cosa no sabré pero sí que la he cogido yo mismo en la botella”. “¿Ah,
sí?, me respondió con algo de ironía el Maestro, ¿y dónde están los
peces, las tortugas, las algas y las barcas que surcan el mar, y las
mujeres que van a charlar a sus orillas, y los pescadores, y los niños
que se bañan y juegan en sus orillas, y los pájaros que bajan a pescar
al vuelo, y las nubes y las tormentas... y sobre todo, las puestas de sol?
No veo nada de esto en esta botella. Esto no puede ser el agua del Mar de la China del que hablamos. ¡Vete a arrojarla y devuélvela
al caudal de donde la cogiste” - ¡Qué corte, Noble Ting Chang, qué corte!, dijo
medio alborozado Sergei. - Yo no repliqué nada sino que me incliné ante él,
lo saludé con las manos juntas que sostenían la botella y me fui a hacer
lo que me había mandado. - ¡Por eso te marchaste al día siguiente de llegar la
primera vez cuando te confundí con un caminante que nos regaló aquellos
higos ambarinos! - ¡Así es, por eso andaban el Abad y los Priores
desconcertados pues ellos creían que iba a llegar en un carruaje o en un
gran coche! Pero, yo me di cuenta de que el Maestro me estaba sometiendo a
una prueba, o que me quería decir que todavía no estaba preparado para
estar a su lado. - El no me dijo nada pero yo sabía que algo estaba
pasando sin que yo lo comprendiera, dijo la Libere de las estepas. - Sutil eres, Liebre, pero el caso es que, cuando
regresé después de haber arrojado el agua al mar, el Maestro me recibió
con alborozo, una tarde en la que tú habías ido a visitar a no sé qué
viuda, ejem, “¡Al fin,
exclamó, ahora tu botella de agua, mezclada con el agua del Mar de la
China, contiene peces, niños, pájaros, barcas, tortugas y todo cuanto le
faltaba antes! - ¡Ahora sí que es agua del Gran Mar!” - ¡Vaya con el Maestro!, así que no fue por lo de la
taza de té, vaya, vaya, y yo ¡perdiéndome hasta el oremus! - Pues eso, Sergei, pues eso, para que andemos ahora
preocupados por lo que nos espera en Shangai, o en cualquier otro lugar y
situación. |
José Carlos Gª Fajardo
Este texto pertenece a la serie 'Retazos de Ting Changl', colección de
cuentos orientales adaptados a nuestro tiempo